Muchas de las violencias que nos acompañan todos los días comienzan en la palabra; puede tratarse de un comentario mansplainer que escuchamos en la radio, un insulto en nuestro espacio de trabajo, o de publicidad callejera… En 2016, por ejemplo, el gobierno italiano se dio un buen quemón cuando se viralizó la campaña tuitera #FertilityDay, en la que se apuraba a las mujeres a embarazarse porque según ellos, los que deciden por el cuerpo de ellas, “La belleza no tiene edad. La fertilidad sí”.
A veces pareciera que el cuerpo que pensamos que nos pertenece no es más que otra herramienta de los gobernantes alrededor del mundo. Vota por mí y te dejo abortar, vota por mí y prohíbo que aquellas aborten. Vota por mí y te doy dinero por ser mamá, vota por mí, vota por mí. Esto lo reflexiona de manera interesante la Doctora Danielle Peltzer en su ensayo El cuerpo del Estado, publicado por El Arsenal en 2017. México no es la excepción. Es pertinente preguntarnos por qué a todos los candidatos a la presidencia de nuestro país les urge mencionar en sus spots la violencia de género, los salarios equitativos y el más insípido voten por mí porque soy mujer; esto, por supuesto, sin hacer ninguna propuesta válida (ya por lo menos lógica) que aborde de manera seria el tema del feminicidio, la violencia económica, la física, el acoso, la diversidad sexual, la trata de personas, la interrupción legal del embarazo, por mencionar algunas de las problemáticas apremiantes que afectan a las mujeres mexicanas.
Están los que dicen que la resistencia es el conocimiento. Que no nos preocupemos porque hay voces que no son misóginas y que consistentemente buscan equidad: esto ocurre desde luego, en la Academia (ese maravilloso espacio donde se discute al mundo desde las más asombrosas disciplinas).
El único problemita es que… si quieres formar parte del intocable círculo de los intelectuales es probable que te quedes con las ganas.
¿Qué opinaría de todo esto la Doctora Peltzer?
La doctora Danielle Peltzer… ¡qué mujerón, de veras! ¿Ya conocen a la doctora Peltzer? Estoy segura de que la han leído, sus artículos son publicados en numerosas revistas académicas; sus libros han sido censurados en diversos países debido a sus reflexiones transgresoras. Ha documentado profundamente sus viajes a través de Asia y América Latina. Ha remodelado las narrativas y las discusiones entorno al ambiente sociológico de la última década.
Alerta de spoiler: La Doctora Peltzer no existe, y en la mayoría de los casos, la equidad tampoco.
En un par de párrafos llegaré al momento en el que me vi orillada a crear a la Doctora Peltzer. Hagamos primero una parada en Oaxaca. En esta región del país un grupo de hombres simularon ser transexuales con tal de obtener una candidatura, por eso de la cuota de género. Entonces, de las diecinueve trans que tenía, de las diecinueve que quedaban: dos comprobaron ser muxes y diecisiete resultaron ser hombres (algunos casados, con hijos) que buscaban su hueso hasta las últimas consecuencias.
¡Gloriosos tiempos para la ambición política! La búsqueda por otorgarle espacios necesarios a las mujeres, hace a los tramposos todavía más creativos. Y las voces no se hacen esperar. Por un lado la comunidad LGBTTTI manifiesta su indignación; se escucha también a la comunidad feminista que exige una explicación; hay otra voz que se hace llamar honesta, aunque secretamente le llaman heteronormativa, que dice y repite algo así como “…pero, ¿por qué necesitamos cuotas de género para empezar? ¿No tendrían las mujeres que tener un mérito intelectual para integrarse a la política?”.
La voz honesta/heteronormativa supone que todas las mujeres son tontas y que en 2018 no tienen un espacio en el gobierno porque no lo merecen, no porque no se les permita. Esa voz olvida que desde el mero mero principio, la democracia (si es que todavía existe) siempre ha sido misógina, clasista y ahora hasta neoliberal.
¿Qué opinaría de todo esto la Doctora Peltzer?
Inventé a Danielle Peltzer hace unos años. Ella es todo lo que yo no soy: no le interesan los monstruos, mucho menos el punk, no ve reality shows, nunca sería mamá, no fuma, no come tacos callejeros o garnachas, no es alérgica a los gatos, tiene numerosas estancias en el extranjero, doctorados, sus padres fueron reconocidos autores que validaron frente al panorama académico su capacidad como creadora, obviamente no es mexicana ni se ve como mexicana, no tiene tatuajes y sobre todo… vive en esta otra realidad, en la que ser una mujer crítica que busca la verdad en México no es ni remotamente una razón para ser asesinada a plena luz del día.
Danielle Peltzer no existe, la equidad tampoco. Curiosamente, cuando hablo de ella en las reuniones, todos atienden con profundo interés. ¡Qué mujerón! Dicen.
Intentar escribir sobre maternidad es todo un reto. Primero, porque no hay subtema que no haya sido tocado y retocado aquí y allá: de la varicela a la lactancia, y del feminismo a la “guerra de las madres”. Y, segundo, porque —para ser bien franca— ni yo misma logro organizar en mi mente lo que significa en mi vida “ser mamá”.
A veces estoy convencida de que es un “todo” que ha engullido el resto de lo que soy. Pero a veces creo que es un recipiente en el que puedo colocarme. Termino por no saber qué es lo que cabe en qué.
No sabría de qué otra manera empezar a deshilachar esto que se me anuda en el corazón, el cuerpo y el alma cada vez que me pregunto qué significa, para mí, “ser mamá”.
El hilo más obvio, ese que cuelga simplón, dicta: “tener hijos”. Y de ahí, se va enredando con miles de otros hilos, madejas enmarañadas, rollos perfectamente acomodados en sus carretes, brillantes e inamovibles como el pelo engominado de los niños que se apresuran para ir a la escuela en las mañanas.
Un hilo. Dos. Tres. Todo termina envolviéndolo todo, sobre sí mismo. Imposible deducir qué es el “adentro” y qué es el “afuera”. Gira, se vuelca, se cruza con nudos apretujados y necios, y luego ese mismo hilo —que cambia de color en el camino— corre libremente como si nunca en su vida fuera a toparse con un botón que lo atrapa, una aguja que lo ensarta, un final.
Así es como mejor puedo describir mi maternidad. Mi “yo-mamá” que se confunde, pero no, con todo lo demás que soy, que fui, que quiero ser.
La puntada inevitable, la del pasado, la de ese yo que pudo haber sido, que… ¿existe todavía? Ese techo de cristal que quiero romper, esa oficina que añoro y a la vez detesto por no poder ser conmigo en esta nueva etapa. Las escalofriantes cifras de discriminación a las que hemos hecho uso del útero (el del cuerpo o el del alma), las exigencias de una economía que nos demanda hacerlo todo, lograrlo todo. Y sin llorar, por favor. Punto de cruz.
Ese mismo hilo es el que borda en mi corazón esas palabras que quiero darle a mi hija como un racimo de esperanza. Es un bordado cursilón: flores, hojas, ramas, pájaros cantores decoran cada letra. “Sé buena, sé compasiva… pero no confundas la bondad con la sumisión. Ahí está la chingadera”, me dan ganas de decirle. Ese es el detalle oscuro del calado. Un día se lo diré, cuando le regale su propio Chingonario.
Hay también hilos que construyen otras cosas que ya nada tienen que ver con el universo de las hebras. Telares imponentes que trabajan sin detenerse, maquinarias que se han echado a andar para que este proyecto de “la maternidad” medio salga a flote (a veces siento que apenas lo logra). Redes, unas más robustas que otras, que van haciendo hamacas, en las que uno puede caer, recaer… y a veces hasta tomarse un momento para sentir la brisa. Estos telares, he descubierto, es lo que necesitamos para vivir. Vivir. No sobrevivir.
Escribir sobre maternidad… A estas alturas, estoy convencida de que es imposible hablar de ella sin hablar de todo lo demás. Es curioso cómo las madres, las mismas en las que cabe la vida misma, a veces parecen no caber en ningún lugar.
Me han pedido esta colaboración para entregar en el mes de abril (aunque creo que va a salir en mayo…) y resulta que abril es un mes que me gusta en especial por varias razones. Una de ellas es que se celebra a los niños en México y por ende tengo más trabajo, porque muchos años de mi vida los he dedicado a trabajar para ellos. He trabajado para niños en muchos sitios: casas, escuelas, hospitales, orfanatorios, televisión, teatro, albergues, centros tutelares, plazas públicas y centros de trabajo. Así que podrán imaginar que es un tema que no solamente me ocupa, sino que me preocupa.
La Organización Internacional de Trabajo (OIT) estima que de los 215 millones de niños en situación de trabajo infantil del mundo, 115 millones están involucrados en trabajos peligrosos, de los cuales 41 millones son niñas y 74 millones son niños. Según la UNICEF, en México existen alrededor de 3.6 millones de niños –entre 5 y 17 años– que trabajan, cantidad que representa 12% de la población total de niños del país. El 22% de los niños más pobres trabajan. De los menores indígenas 21% laboran, mientras el número para los no indígenas es de solo 12%.
Así que yo, al igual que ustedes, me pregunto en esta época de elecciones: ¿Qué se puede hacer para disminuir y erradicar estas cifras? ¿Hay en los discursos políticos una referencia clara a los niños y niñas de México que los ponga en el centro de la sociedad?
Hemos visto durante muchos años gobiernos que solamente minimizan este problema adjudicando presupuestos muy pequeños al trabajo infantil, que simplemente son paliativos y que no continua el siguiente funcionario en turno. Parece que los niños y niñas de México no son sujetos de derechos.
Creo que habría que preguntar a los candidatos qué piensan hacer. ¿Van a seguir borrándolos del paisaje para que no se vean? ¿Van a invertir los recursos necesarios y elaborar un plan nacional para que estos niños y niñas puedan acceder a todos sus derechos y a un bienestar social o van a seguir restándole importancia?
Al principio hablaba sobre las razones de porqué me gusta el mes de abril. Me gusta también porque es el mes en que nací. Y este abril es especial porque cumplo 60 años. Y no debo ser la única a la que se le han ido rápido, muy rápido. Soy una mujer afortunada, mi madre vive todavía, tengo una pareja a la que amo y con la que vivo hace 37 años, un hijo, una nuera y dos nietos que son mi adoración. Tengo amigos entrañables, salud (con algunos achaques) y puedo ejercer mi profesión dignamente.
Sofía Álvarez en “Cuenta con Sofía” de Canal Once.
¡¡¡¡Pero cumplir 60… Siempre tiene algo de “especial”!!!. ¿Ya? ¿Tan pronto? La última vez que pensé en mi edad fue cuando quería tener 17… Me acuerdo claramente cuando aprendí a andar en bicicleta y me quitaron los frenos (los de los dientes no los de la bicicleta).
Entre todas las cosas nuevas que aprende uno con los años están las palabras, ahora hay que enfrentarse a otra nueva: “edadismo”, hasta suena raro. Pues resulta que el edadismo es una de las tres grandes formas de discriminación de nuestra sociedad, por detrás del racismo y el sexismo. ¡Joder! Como si no fuera suficiente en este país.
Los 60 años de mi abuela y mi madre no tienen que ver nada con los míos. Aunque mi abuela fue una gran actriz y cantante y mi es madre una mujer con carrera, a sus sesenta ya era hora de “tomar las cosas con calma”. Yo no pienso tomarme las cosas con calma, no quiero tomarme las cosas con calma. Ahora a los 60 voy a decir “no” cuando es “no”, seguir enamorada, asombrarme de los logros de mi hijo, verme en el espejo y gustarme, viajar más (porque ya hay descuentos por mi edad), no fingir que me gustan las cosas que no me gustan, seguir peleando por lo que me importa, reírme cuando se me olvidan las cosas, comer más sano (claro), seguir trabajando, besar y abrazar a mis nietos a la menor provocación, andar en bicicleta y mandar al cuerno a los que a las de 60 nos vuelve invisibles, calladas y deterioradas.
Y ya les dejo porque voy a buscar los papeles que piden para mi tarjeta del INAPAM.
Para algunas de nosotras, la maternidad es un enorme signo de pregunta. Para algunos de los papás también. Desde el embarazo y en algunos casos incluso desde la concepción, las preguntas se abren en nuestra mente como enormes surcos en la tierra. Y con las dudas y las incógnitas, la angustia:
¿Seremos capaces de hacerlo bien?
¿Correrá todo el embarazo como es esperado?
¿Parto natural o cesárea?
¿Lactancia materna o fórmula?
¿Pañales desechables o amigables con la naturaleza?
¿Colecho o cama independiente?
¿Lo dejo llorar o lo cargo?
¿Cómo le hablo, cómo la baño, cómo le doy de comer, qué le canto, qué le leo?
Éstas son sólo unas pocas de las miles de preguntas que aparecen cuando te planteas la maternidad.
Nunca estaremos suficientemente preparadas. Digamos entonces que lo mejor tal vez sería estar en contacto con nosotras mismas. Entender que vamos a meter la pata una y otra vez, comprender que es un camino y un eterno aprendizaje, y saber, a priori, que “nosotras mismas” puede ser un concepto vago, borroso y difícil de conseguir en medio de tanto por resolver.
No obstante, hay un punto que me gustaría resaltar como herramienta: la capacidad de comunicación a través de la música. En esta instancia les contaré la relación entre mis padres, la música y yo.
Mamá es una melómana empedernida y como tal echó mano de toda la música que pudo para nutrir la relación conmigo. Probablemente no se lo propuso y quizás ni siquiera se lo preguntó; sin embargo, lo sonoro marcó mi infancia y mi relación con ella y con el mundo. Cantábamos, ella tocaba la guitarra y tenía una carpeta con canciones manuscritas que era un tesoro. Canciones que tenían un profundo sentido para ella. Había de todo. Desde folclore venezolano hasta piezas de Bach adaptadas para guitarra. De allí nos nutríamos ambas. Canciones tristísimas de la Guerra Civil Española como “Las Nanas de la Cebolla” de Miguel Hernández o jocosas y pícaras como “La Embarazada del Viento” de Constantino Ramones. Procuraba también algo de música hecha especialmente para niños como Pro Música de Rosario, Pipo Pescador (con quien llegó a colaborar en algún disco), entre otros. En fin, ella compartía conmigo sus hallazgos, alegrías y dolores; la vida misma. Su madre, mi abuela Angelita, cantaba tan bonito que en una ocasión Radio Nacional la buscó para incorporarla. Propuesta que mi abuela lamentablemente rechazó argumentando que su padre no se lo permitiría.
Mi papá tampoco acompañó mal mi musicalización. También es amante de la música. Cantó en un coro, cantaba en los viajes en coche, generalmente folclore argentino, algún tango, himnos y marchas nacionales, incluso me enseñó “Allá en el Rancho Grande“ y una extraña versión de “El Chorrito” de Cri-Crí. También solía tocar la armónica. A su vez, mis abuelos paternos eran asiduos bailadores, así que la música ha estado presente en nuestras relaciones familiares desde antes de mi nacimiento.
Hace muchos años la música es para mí un canal de comunicación. Crío a mi hija de la mano de la música y todo es posible de ser cantado. Confieso que, a pesar de dedicarme a hacer música desde mucho antes de que ella naciera, estando embarazada llegué a sentirme extraña cuando pensaba en cantarle intencionalmente a la panza. Pero, inquietudes más, inquietudes menos, canté durante todo el embarazo, en conciertos, en clases, en casa y cuando lograba desprejuiciarme, también a ella directamente.
¡Pero una vez que nació no paré de cantarle! Cantaba cuando la amamantaba, cuando le cambiaba los pañales, cuando la bañaba, cuando empezó a comer sólidos, para lavarle las encías y luego los dientes, para ir al kínder, para pasar el rato, para dejar los pañales, le poníamos música a los pequeños cuentos, a regar las plantas, qué se yo… Me salía naturalmente. Hoy tiene 12 años y seguimos cantando: en el escenario, en los trayectos por la ciudad y en casa. Tan es así que todo esto derivó en una canción compuesta por ella y que le dio el nombre al disco más reciente que he sacado: “Agüita de Limón con Chía”. La canción surgió espontánea después de preparar una buena jarra de agua de limón con chía. Mi hija tomó el cuatro (instrumento de cuerdas utilizado en Colombia y Venezuela) y con tan sólo tres acordes organizó la primera estrofa: “agüita de limón con chía, fresca la quiero tomar, agüita de limón con chía, ay, qué rica está”. Me resultó tan linda, orgánica y fresca como el agua. De allí pimponeamos entre las dos posibles derroteros de la canción, recuerdo haberle preguntado qué pasaría con el agua, a quién se la quisiera compartir, y ella siguió dándole forma, de tal suerte que en un par de días la canción estaba completa. A la hora de elegir el repertorio para el disco nuevo una amiga a la que le habíamos mostrado la canción nos dijo que no debía faltar “Agüita” dentro del nuevo material, así que se la dimos a Leonardo Sandoval, que hizo todos los arreglos del CD y le dio una vuelta de tuerca aportándole lo suyo. Nos gustó tanto tanto la versión final que, junto con Andrea Medina, coproductora del proyecto, decidimos que así se llamaría el disco y la canción pasó de divertimento casero a canción profesional.
Ahora bien, habrá quien pueda decirme que no canta ni en la ducha o que cree que canta feo y por eso prefiere no cantarle a sus hijos. Lo entiendo. Si no hubo quien te mostrara el camino hacia el placer de hacer sonar tu propia voz o incluso te topaste con gente que te hizo sentir que lo hacías mal es comprensible que no cantes. Pero, por suerte, tenemos la capacidad de modificar algunas cosas. Siempre será mejor que les cantes a que no lo hagas.
Te comparto:
– La intimidad del vínculo que creas cantando, es abono fértil para tu relación con ellos.
– No necesitas cantar como un profesional para hacerlo.
– Si cantas con tus hijos estás abriéndote una oportunidad y habilitándolos a ellos para que la música sea parte de su vida.
– Puedes echar mano a otros modelos de canto que te gusten y compartirlos con tus hijos.
– Busca un taller de iniciación musical que puedas compartir con ellos.
– Armen su carpeta o cuaderno de canciones, sí, en papel, que pueda, por ejemplo, estar ilustrado por ellos. Un espacio tangible donde se puedan seguir incorporando nuevas canciones toda la vida y, a la vez, mirar para atrás y ubicar cuáles fueron las favoritas en otros momentos. (Te dejo al final del artículo algunas ligas donde puedes echar mano para que escuchen y puedan escoger algunas canciones hechas especialmente para la infancia).
– ¿Qué cosas puedes observar a la hora de escoger repertorio?
– Que les guste, que te den ganas de escucharlo junto con tus hijos.
– Priorizar aquellas producciones que estén hechas con instrumentos reales y no exclusivamente con sonidos electrónicos.
– Ubicar las canciones que tengan textos pertinentes o acorde a la edad de tus hijos.
-Diversificar, es decir, elegir canciones de diferentes estilos, lugares, instrumentación, temática, épocas.
– Buscar producciones hechas por profesionales que se dedican a hacer música para niños (no te quedes con las tres opciones comerciales que aparecen por todos lados).
Ya para despedirme y a modo de cierre quiero decir que se trata de hacer contacto real, la música es de los lenguajes más naturales, directos y profundos. No se la pierdan. Échate un clavado en tu playlist de vida y verás que la música te ha acompañado en varios momentos y que cada canción está anclada a una emoción. Enriquece y forma parte del playlist de la vida de tus hijos.
Si aún no estás convencido/a de cantar con ellos, te comparto una canción que compuse pensando en que todos podemos cantar. “Lobo chiquito”, si no te animas a cantar, aúlla.
Lobo chiquito tiene la característica de poder escuchar en una misma canción la voz infantil, la voz femenina y la voz masculina. Lejos de querer hacer foco en el formato de “la familia tipo”, lo que se busca es darle espacio a las tres voces. No importa si la voz masculina es el papá o no, la femenina la de la mamá, etc. Los invito a modificar la letra según su conveniencia pero respetando que haya una voz infantil, una femenina y otra masculina.
Acá la lista de música para la infancia:
Nombres de interés (no son todos, hay muchos más):
– Lxs machos no nacen, se hacen. Experiencia desde la intervención.
En los espacios que nos convocan desde los feminismos a encontrar alternativas transformadoras de ser, vincularnos y hacer lo personal político, hablar con las propias palabras se convierte en un desafío. Fuera de los lugares institucionales, los tecnicismos, los conceptos clave o el adoptar palabras de un discurso nos puede parecer atractivo, incluso describirlo como algo diversx, desitentx, sexoafectivx, pareciera es la alternativa y los debates terminan en “deconstruir”, “soltar”, “liberarse y autocuidarse” y es que lejos de encontrar alternativas que nos den pauta de mirarnos periódicamente (y me incluyo) poco nos cuestionamos: ¿Cómo sabernos en una transformación tangible? ¿Cómo trascender las situaciones o actitudes de violencia y saberse deconstruidx? ¿Cómo generar un mapeo de nuestros procesos? ¿A quién le hablamos cuando le hablamos? ¿Desde dónde escuchamos a quién escuchamos? ¿Desde dónde resolvemos conflictos cuando estos existen? ¿Qué pasa cuando nos equivocamos? ¿De qué nos corresponde hacernos cargo? ¿Qué condiciones existen para hablar y desmantelar al “macho” interno?
El 8 de marzo, la colectiva MUÉGANXS realizó un evento en el Centro Cultural Border llamado “Lxs machos no nacen, se hacen”. Fui convocada a lado de personas que a través de distintas disciplinas y acciones construyen alternativas para cuestionar, reflexionar y transformar los espacios desde la creatividad y desmantelar a aquel macho impuesto como un deber ser.
Mi intervención la pensé desde el acto de la honestidad radical de desnudar la propia historia, los momentos clave, las personas en mi vida, los significados, las situaciones en la infancia, la adolescencia y en este momento, la juventud, tratando de encontrar sentido a las preguntas que me hacía en un inicio.
En aquel evento narré cada detalle desde mi propia palabra, describí todas las experiencias que tuve al no haber cumplido con las expectativas sociales desde la infancia, quité la vergüenza impuesta por desnudar mi historia, reconocí los claroscuros, las vivencias, y el sin fin de matices que hoy abrazo, de los cuales aprendo y me hacen ser la persona que soy.
Hablé de mis emociones con palabras tangibles, empáticas e hice frente al diagnóstico del discurso médico, a cualquier interpretación desde las ciencias sociales o quienes insisten en mirarnos a las personas trans* como objetos de estudio y someter nuestra voz a una forzada interpretación.
Llegó un momento crucial en la intervención que compartí, y en palabras más, palabras menos, dije en voz alta: “Sí también la he “cagado”, sí también he sido machista en mi vida, sí también he violentado, sí también me he equivocado, sí también he crecido con el mundo que nos rodea y Que lance la primera piedra quien esté libre de machismo…”.
El silencio se hizo, todas las personas nos volteamos a ver.
-¿Todxs hemos sido machistas, no?, pregunté. Un silencio lo confirmó.
Coincidimos, entre risas nerviosas, que darnos cita en lugares convocados desde los feminismos no es la respuesta a todo, y preguntarnos si ese espacio tiene las condiciones de diálogo y sincerarnos de que “también somos o hemos sido machistas” es la clave. En una acción crucial todxs escribimos con pluma y papel a qué renunciamos y qué asumimos. Fue un proceso personalísimo, sin dar cuenta a alguien más o sin asumir una superioridad moral o que sea bajo compromiso de “ser mejor persona”. Lo siguiente fue envolver ese papel y ponerlo en un lugar en común. Aquello fue encendido y puesto en llamas.
Fotografía: Colectiva MUÉGANXS 2018
Cada quien vio a su propio macho arder por un momento y reconocer que es un proceso continuo que de nada sirve ponernos en un banquillo de acusados, callar los errores si es que a partir de ellos se aprende; tampoco el repudio o la sensación de aislamiento es la solución, hay distancias y silencios que son sanos, denuncias que son necesarias, reparaciones del daño que hay que hacerse cargo, muy desde el proceso de cada quién y pensarlo fuera de las lógicas punitivas del Estado.
– ¿Después del fuego qué? Reflexiones
Reconocer la complejidad de los procesos es apelar a la conciencia, aquella que como lo dice su propio origen, conscientia (latín) es hacer con conocimiento. Hacer, ser, estar, vivir con consciencia es un desafío cuando también existen actos no conscientes o inconscientes que definen muchas veces los patrones en donde se nos termina o terminamos colocándolos.
Es ahí donde la consciencia también es un llamado a sentirnos con la capacidad de accionar frente a las situaciones que vivenciamos, de hacernos cargo de sí mismxs y delimitar lo que está en nuestras manos y a la vez delimitar lo que es responsabilidad de lo que está fuera de nosostrxs, por ejemplo, un Estado o de todo aquello que está fuera de nuestra responsabilidad.
Cuando busqué un tema y un título y puse “el que esté libre de machismo que tire la primera piedra” apelé a la intervención creativa de esta narración bíblica y católica que hemos heredado, aquella donde la metáfora es una invitación a reconocer “los propios pecados” y sus consecuencias, según la propia doctrina católica.
Es ahí dónde es posible encontrar un ejercicio bastante legítimo para usar esas metáforas que aprendimos con la cultura o la religión y llevarlas a la creatividad. No sólo como metáfora, sino como un principio para mirar la educación que mamamos, que nos enseñó a nombrar, determinar o incluso a resolver bajo ciertos métodos. Por ejemplo, la lógica de señalar, avergonzar, estigmatizar con cara al arrepentimiento o culpa es algo que tenemos muy interiorizado, es una lógica desde el castigo. Son formas punitivas e inquisidoras que alimentan un sistema basado en el miedo, en la arbitrariedad y no en la conciencia u otras alternativas fuera de las lógicas de ejercer poder.
– Y ¿ las experiencias trans* pueden ser detonadoras de transformación?
Las experiencias desde las transiciones que hacemos las personas trans, tienen en común algo: reconocerse a sí mismx desde un acto de honestidad radical; y, a su vez, reconocer la capacidad y potencia transformadora en el cuerpo, la identidad, el deseo, los vínculos, los afectos y en la vida propia frente a los desafíos impuestos es una acto no sólo de resistencia sino detonador que irrumpe en los espacios.
Trasladar la experiencia de transicionar es asumir que la forma en la que fuimos socializadxs no es destino y reconocer las propias transiciones es saberse con la capacidad de descolocarse y hacer frente a aquel mundo construido desde las lógicas del abuso, la competencia, la misoginia, el poder, el saqueo, la colonización, la supremacía, las violencias y las desigualdades.
Algo que encuentro en común con las luchas sociales que apuestan por la transformación de hacer posible un mundo donde quepan otros mundos y las transiciones de las personas trans* es la forma en la que visualizamos el horizonte donde el proyecto principal es con el cuerpo propio y la construcción de una ética que nos sostenga frente a las adversidades a lado de las redes que en el camino se tejen.
Construir desde la experiencia trans o desde la experiencia del reconocimiento de la potencia de las transiciones no es una única fórmula ni la receta o un tema de superioridad moral, sino es una alternativa que encuentro necesaria mirar en estos tiempos donde pareciera que la desesperanza frente a las violencias y la impunidad agota día a día el cuerpo.
Cuando las personas trans estamos en un espacio ponemos una ruptura con nuestro cuerpo. En un mundo donde no basta decir “yo no discrimino”, “yo ayudo en casa”, lo transgresor es poner una ruptura cuando lo que se vive es un clima de violencia constante hacia las mujeres, personas trans, indígenas, con diversidad corporal y todas las vidas que no entran entran en los marcos de “la normalidad”. La normalidad entendida como el mito más violento que ha justificado muertes, agresiones y segregación.
Cuando hablamos de una persona trans es necesario que en principio esa persona se reconozca como trans, ya que agenciar la palabra trans como identidad política es un ejercicio que muchas veces surge de la necesidad de encontrarse en resistencia de nombrarse frente a un sistema cisnormativo que insiste que nuestra corporalidad es distinta cuando se va al médico, se hace un trámite, con la familia o algo tan simple como ir al baño. La experiencia trans trae consigo generar estrategias y estar en una red de apoyo; si bien no tendría que ser necesario es una forma en la que sobrevivir colectivamente nos da fuerza cuando incluso el cuerpx se agota en un mundo donde ser valiente es la única alternativa, y sí, también agota.
Seguramente habrá más experiencias desde las transiciones y es justo eso: acercarnos, descubrirnos en transición, saber que esas personas que una vez fuimos podemos hoy no ser y permitirnos reconocer las transiciones con quien estamos en nuestros procesos.
Algunas veces habrá que saber pedir ayuda, atenderse las emociones, voltear una mirada a la historia de cómo fuimos construidxs, nuestros patrones, los duelos y los ciclos que nos acompañanan.
¿He tenido esta sensación anteriormente? ¿Qué me duele? ¿Qué expectativas he depositado? ¿Sé lidiar con mi propia soledad? ¿De qué puedo hacerme cargo? ¿En dónde termina la frontera entre la responsabilidad del otro y la propia?
Hacer un mapeo, un mapeo no sólo frente al espejo físico sino también uno metafórico y preguntarnos en este proceso continuo: ¿hacia dónde estamxs dispuestxs a transicionar?
El reto de escribir libre, fuera de la academia, no ha sido fácil, desde elegir qué quiero compartir, me ha significado recorrer algunos de los pasajes más importantes en mi vida y he encontrado el lugar de las mujeres en ella, así que aquí van. Vivir entre mujeres es una de las mejores experiencias que la vida me ha dado. Con certeza haber llegado al feminismo me ha permitido construir distintos nichos donde las mujeres somos las principales protagonistas, pero no solamente te permite vivir y convivir entre mujeres, sino que te lleva a mirar atrás y encontrarte con las mujeres que de distintas maneras han definido tu entorno y tu vida.
No quiere esto decir que hay una negación del papel que los hombres han tenido en este recorrer de los años, no. No obstante, el significado que adquieren unos, que tal vez podría contarlos con los dedos de las manos, no alcanza para ponderar el valor de ese amplio e incontable número de experiencias que he tenido con las mujeres. Sí, recuerdo la sensación de las manos apretadas con mi padre al caminar en los primeros años de infancia, sus enseñanzas y rutas marcadas. La disciplina y los desafíos impuestos que me han llevado a ser quien soy. Pero también recuerdo la compañía cercana de mi madre haciendo las tareas escolares, en las clases de música, juntas en la cocina y el compartir cómplice de un trago o un cigarro. Tal vez con el correr de los años una valora más las experiencias vividas y los recuerdos de las visitas familiares a las casas de las abuelas, la conviviencia con las tías y las primas van adquiriendo otros sentidos y las amigas van definiendo rutas profundas. Pero es claro que las mujeres a lo largo de la historia tenemos muchas oportunidades para compartir y convivir juntas e irnos contruyendo.
A mi me tocó vivir la infancia con mujeres valerosas que sin venir de condiciones cómodas sacaron adelante a sus familias, desarrollaron proyectos propios y fueron más allá de los límites de su época. No tuve la oportunidad de disfrutar a las abuelas por mucho tiempo. Yo nací en el 47 y mi abuela materna, Macaria, murió en el 52. Pero tengo lindos recuerdos de recorrer su larga casa con enormes roperos antiguos. Ella llevó a Tepic, Nayarit los periódicos nacionales y distribuía todo tipo de revistas. La casa tenía ese olor a papel y tinta, y todos los días había que organizar los diarios y apilar las revistas. No sé si yo contribuí en algún momento a su trabajo o al de mi tío Miguel que continuó el negocio. Mi abuela paterna, Sara, murió en el 55, vivía en un edificio inclinado en la calle de Londres de la Ciudad de México. Era muy impresionante a la vez que divertido ver cómo las canicas y los carritos se movían solos en el departamento. Ella era la maestra de 6to. en una escuela primaria. Macaria tuvo cinco hijos y cuatro hijas. Sara dos y dos. Y conviví con todos menos con el hijo mayor de Macaria a quien creo ví una sola vez. Ambas murieron de cáncer, y mis tías con quienes compartí muchos días, y llegué a admirar profundamente, siguieron su ejemplo emprendedor.
Yo nací y crecí en Guadalajara, una hermosa ciudad con fuertes tintes conservadores, de los que yo no estuve conciente. Mis padres tenían un proyecto de familia muy claro y definido por la escolaridad y la independencia. El ambiente familiar aunque era bastante disciplinado tenía importantes aires de libertades. Hoy me impresiona la idea de lo bien que mi madre y mi padre nos conocían y cómo encontraron identificar nuestros intereses para impulsarnos, aunque también para controlarnos. Y en mucho el utilizar el modelo como ejemplo de lo que podríamos lograr. Querían herramientas para sus hijas y estudié la carrera de Secretaria Bilingüe mientras me preparaba para ser normalista. Pero encontré la psicología y me empeñé en estudiarla, aunque a mi pá le parecía innecesario.
Tengo la sensación de haber llegado a los 25 años con la idea de un proyecto definido. Tenía independencia, un empleo bien remunerado en el IMSS y mi consultorio. Pero pronto la realidad me lo sacudiría. En la clínica me pedían que realizara trabajo comunitario y yo no tenía idea de eso. Así que busqué el ingreso a la UNAM para realizar una maestría en Psicología Social que me diera las herramientas que necesitaba. Pero no regresé a mi ciudad natal. Antes de terminar la maestría recibí la invitación de Lucy Reidl, una gran mujer que dirigía el departamento de Psicología Social y era mi maestra, para empezar a dar clases en la Facultad. Las múltiples oportunidades que ofrece la Ciudad de México ya me habían engolosinado y sin duda alguna me enlisté en la máxima casa de estudios.
Y fue ahí donde me encontré con el feminismo. No en la maestría sino ya como docente, recibí varias invitaciones a eventos feministas a las que fuertemente me resistí. ¿Cómo podía pensar en las necesidades de las mujeres si no se había avanzado en la lucha de clases? Aún así, recuerdo que en un Foro en el Ho Chi Minh me empezaron a resultar lógicas e interesantes sus propuestas. De ahí pasé a la Coordinadora Feminista y hasta conocí a algunas lesbianas activistas que en una ocasión se acercaron a plantear una propuesta.
Después vino el terremoto del 85 y salimos del café para sumarnos a las obras de rescate y conocer el trabajo del MAS con las costureras. Conocí por fin el trabajo de las organizaciones feministas y ampliaron mi concepto del feminismo. Al mismo tiempo que las académicas feministas luchábamos por el reconocimiento de nuestro trabajo. En un seminario discutíamos las condiciones laborales, distintas líneas de trabajo y los desafíos que la academía nos imponía. Me inicié en los Encuentros Feministas en México y Latinoamericanos y la realidad fue otra. Metida en tantos espacios feministas y fue en una reunión social que conocí a Patria Jiménez, una de las fundadoras del movimiento lésbico en México, con quien establecí y mantengo una profunda relación. La conocí justo en medio de la pérdida de mi padre y mi madre, cuando entendí lo que significaba ser huérfana. Necesariamente, la relación con Patria me llevó a involucrarme en la lucha por los derechos LGBT y juntas con un buen grupo de mujeres formamos el Clóset de Sor Juana, nos sumamos a la Asociación Internacional de Lesbianas y Gays (ILGA) e iniciamos una trayectoria internacional. Pero además, el pensamiento de Patria, y su forma de trabajo me revolucionaban las ideas y rompían con mi propia lógica.
En el 92, las académicas feministas logramos la instalación del Programa Universitario de Estudios de Género (PUEG) en la UNAM e incorporame a él fue otra oportunidad para seguir creciendo. El ambicioso proyecto del PUEG lidereado por Graciela Hierro representó un desafío mayor, abarcar todas las áreas del conocimiento y brindar un espacio a todas la feministas que quisieran dialogar para contribuir en el desarrollo de la perspectiva feminista no era una cuestión menor, pero cómo me enriqueció. Como Secretaria Académica tuve que acercarme a múltiples áreas y evaluar en colectivo la pertinencia y dimensión de cada una en las propuestas que llegaban, las humanidades, las ciencias sociales y las denominadas ciencias duras se cruzaban todo el tiempo. La articulación entre los distintos saberes fue tal vez lo más enriquecedor, no solo entre disciplinas sino también entre activistas y académicas, como entre académicas-activistas. Tengo miedo de nombrar algunas porque eran tantas, y me dejaron tanto. Pero la convivencia a tiempo completo con Graciela dejó una profunda huella en mi vida que sembró tal vez las mejores enseñanzas feministas, el cuidado de sí sin descuidar al otro-otra, la valoración propia por encima de nadie, el cariño entre colegas, el respeto a la institución y a la labor cotidiana, donde la persona es lo más importante. Caminar juntas en el sentido literal y figurado, nos llevó a compartir cada vez más perspectivas y proyectos.
Desde el 92, gracias a la generosidad de Teresita de Barbieri, me inauguré en las discusiones académicas en el plano internacional y fui a Berlin a dialogar con Fernando Mires y Rudolf Bahro sobre la crítica a los límites de la civilización, el pensamiento dicotómico como obstáculo a nuevas maneras de mirar. Recuerdo que el suizo Jakob von Uexkull me lanzó una fuerte crítica a mis ideas de dar voz a otras voces, y cuando mencioné a indígenas, mujeres y jóvenes señaló que era impensable regresar a vivir con taparrabos, ya se imaginarán la que se armó. Esa experiencia me llevó a sumarme a las discusiones feministas en preparación para la V Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo, donde pude recuperar mi experiencia en el IMSS y reflexionar sobre las políticas demográficas. Me uní al grupo internacional feminista Health, Empowerment, Rights and Accountability (HERA), constituido por feministas líderes de todas las regiones del mundo, de quienes aprendí lo que no había imaginado. Partimos de las defensa de los derechos reproductivos, pero la visión era una toma de conciencia del ser mujer como sujeto político en la economía, las artes, el medio ambiente, para transformar el mundo. Al mismo tiempo que otras formas de ser feminista, el trabajo en equipo, amplias reflexiones críticas, las relaciones intergubernamentales, la negociación y la incidencia con los gobiernos, y quién era la ONU. Los logros alcanzados en esa Conferencia no sólo nos llenó de alegría y satisfacción, sino que nos desafió a llevar más allá nuestras expectativas y así fuimos a la IV Conferencia Mundial de la Mujer. Esta Conferencia sumó además la participación de ILGA a través del Secretariado de Acción que tenía IGLHRC, y de la Secretaria de la Mujer que tenía El Clóset de Sor Juana, para exigir la inclusión de orientación sexual en la agenda de la Conferencia y así fue. Por primera vez tuvimos una carpa igual que los otros movimiento sociales y los Gobiernos tuvieron que abrir dos espacios de discusión, uno sobre derechos sexuales y otro sobre orientación sexual. Aunque no obtuvimos los resultados que esperábamos, presumo que fue el antecedente que abrió las puertas a lo que hoy tenemos, esos dos aspectos son tema de discusión permanente en cada sesión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU.
HERA e ILGA fueron quienes me abrieron las puertas para un intenso trabajo internacional, desde inicios de los 90 hasta hoy. Cada uno de estos espacios me brindaron la oportunidad de convivir con mujeres de todas las latitudes, conocer otras culturas y visitar muchas ciudades, parece lindo, pero no es algo sencillo, sobre todo si buscas transformaciones necesariamente cruzan tu mente y tu cuerpo. Es ahí donde identifico la importancia de comprender la diferencia y enriquecerte de ella. Es decir, desde la diferencia construir profundas amistades, fuertes alianzas y mantener viva la actitud crítica que te permita conocer y comprender mejor distintas realidades y maneras de pensar. A pesar de los años, nos seguimos reuniendo, y encontrando los espacios e ideas para seguir construyendo juntas. Al mismo tiempo, construimos redes regionales y nacionales donde también he encontrado importantes figuras que he admirado y sigo, para dar continuidad a diálogos que parecen quedar en impasse y se continuan cada vez que nos encontramos. Y precisamente en estos espacios es que conocí a Epsy Campbell, una mujer negra con una gran pasión por su lucha y trabajo contra el racismo, y encontré otra veta para mi trabajo. ¡Finalmente las intersecciones! Sumergirme en la cultura negra gracias a Epsy cuestionó muchas de mis creencias sobre mis propios principios e identidad, posibilitó el trabajo con la Red de Mujeres Afrolatinoamericanas, lo que me llevó luego a la Red de Líderes Indígenas, y a la Red de Trabajadoras Sexuales. Trabajar y convivir con ellas, sin duda me ha abierto un amplio panorama. El reconocimiento y respeto mutuo creo ha sido la clave para conocer y comprender mejor las perspectivas que nos han llevado a unirnos en una sola lucha.
Vivir entre mujeres, ha sido para mí un remanso de oportunidades para crecer, compartir, amar, luchar, gozar y sufrir. Los espacios por los que he transcurrido, como la mayoría de los que nos rodean están matizados por el poder, para mi fortuna, encontré a muchas con un buen manejo del poder que nos permitió crecer juntas, pero no puedo negar que también he enfrentado situaciones difíciles donde las relaciones no son transparentes y hay que cuidarse de ese lado oculto, que puede ser de hipocresía o traición. Reconocer a las mujeres como sujeto político estratégico en su amplia diversidad y desarrollar esa sororidad que tanto proclamamos, no es fácil, pero definitivamente es necesaria como una palanca colectiva si pretendemos cambiar el mundo y transformar la vida.
Soy una mujer afortunada, hoy día puedo mirar las múltiples rutas recorridas, reconozco las distintas aportaciones que las mujeres con las que he convivido han dado a mi vida. He cosechado grandes amistades, y creo he sabido cuidarme ante las situaciones adversas, todas me han dejado enseñanzas por más que las experiencias hayan sido gozosas o indignas. He logrado mantener los lazos con las amigas de la adolescencia y la familia está cerca, muy cerca. Mis relaciones son más de continuidad que de ruptura, así que los reencuentros frecuentes mantienen la confianza y el intercambio abierto sin temores. Trabajé mucho tiempo con compañeras pares y hoy también cada vez más con jóvenes, unas más que otras, pero jóvenes que me retan continuamente. Lo logrado tal vez hoy esté en riesgo, los procesos sociales no son lineales y nos toca enfrentar nuevos desafíos. Pero las risas, los desvelos, los libros, el vino y las cenas compartidas, el baile, el amor, la alegría como la rabia, seguirán siendo nuestro constante motor.
“Blindar la familia”; “¡con mi hijo no te metas!”; “parejas gay no deben adoptar”; “¡dejen a los niños en paz!”; “derecho primario de los padres a educar a sus hijos conforme a sus convicciones morales y religiosas”; “40 días por la vida”. Estas son algunas de las frases que hemos comenzado a escuchar cada vez más en medios de comunicación, en discursos de candidatxs, en autobuses, en sermones de predicadorxs de distintas iglesias, en líderes de opinión. Todas estas expresiones forman parte de una gran cruzada que avanza desde hace poco más de dos décadas: actorxs conservadorxs, reaccionarixs, fundamentalistas religiosxs, grupos de derecha. O sea, toda la banda de gente e instituciones que están empeñadas en obstaculizar cualquier avance que tenga que ver con derechos reproductivos, derechos humanos de las mujeres, derechos de la población LGBTTI, o que hacen todo para echar para atrás los logros que con tanto esfuerzo ganaron las luchas de movimientos feministas y por la diversidad sexual en las últimas décadas. En una batalla que tiene un giro más bien discursivo o de construcción de nuevas narrativas y significados, estxs actorxs utilizan una amplia sombrilla para denominar estos temas, agendas y ‘su propósito maligno de destruir la familia, la sociedad, la moralidad, promoviendo la depravación y la violencia’: la “Ideología de Género”.
La cruzada contra la llamada ‘ideología de género’, según la feminista brasileña Sonia Corrêa, tiene sus orígenes en conferencias de las Naciones Unidas de los años noventa (en particular la conferencia sobre población y desarrollo y la conferencia mundial de la mujer) en las que el término ‘género’ fue integrado por primera vez a acuerdos multilaterales entre gobiernos los cuales fueron fundamentales para el avance de los derechos humanos de las mujeres, los derechos reproductivos y los derechos sexuales a nivel global, y fueron marco para el desarrollo de políticas públicas a nivel regional, nacional y local en las décadas siguientes. Desde los años noventa, actores conservadorxs desarrollaron sin mucho éxito estrategias para atacar al concepto de género, intentando sacarlo de diversos acuerdos internacionales. Finalmente decidieron que más que eliminar el concepto “género”, se enfocarían en cambiar su significado y plantear la ‘ideología de género’ como marco a atacar, matizando en muchos casos sus argumentos y estrategias.
Durante mucho tiempo desde nuestros movimientos descalificábamos a estos discursos y actorxs, les llamábamos ‘locxs’, ‘ignorantes’, ‘ridículxs’, ‘manipuladorxs’ y no pusimos quizás suficiente atención en las estrategias y el poder que estaba creciendo detrás suyo. Y es que grupos neopentecostales, en alianza con los sectores retrógrados de la iglesia católica y otras religiones cristianas, con partidos políticos de derecha, izquierda y centro, así como también sectores empresariales nacionales y transnacionales, han construido fuertes alianzas entre sí y han dado algunos giros a las estrategias que utilizaron en el pasado, teniendo gran éxito no sólo en América Latina sino también en otras regiones del mundo (notoriamente en Europa – tanto oriental como occidental, así como en África y los Estados Unidos de América).
¿Qué es ideología de género?
Después de mucho estudiar las estrategias utilizadas por los movimientos feministas y LGBTI, así como de nuestrxs aliadxs; estxs actorxs han venido construyendo en los últimos años una serie de estrategias nuevas o renovadas que han probado ser bastante efectivas en influir en la construcción de discurso y creación de imaginarios sociales, así como también en ganar adeptxs y poder formal en espacios políticos mediante su participación activa en partidos políticos y desde la propia sociedad civil organizada. Algunas de estas estrategias son:
Utilizar el lenguaje de derechos humanos para argumentar a favor de sus reivindicaciones, resignificando el contenido de algunos conceptos básicos y fundantes de derechos humanos en sí y afectando la propia doctrina y jurisprudencia de los derechos humanos (por ejemplo, la promoción del reconocimiento de la categoría ‘valores tradicionales’ o la disputa de qué se entiende como ‘derecho a la vida’).
Utilizar también un lenguaje ‘académico’ o ‘científico’ para respaldar sus argumentos, produciendo de hecho investigaciones, publicaciones ‘académicas’ y atacando fuertemente a los programas de estudios de género en diversas universidades. Hacen por ejemplo una revisión crítica y en muchos casos distorsionadora de autoras clave feministas.
Vincular a los feminismos y las luchas por el respeto a la diversidad sexual y los derechos de las población LGBTI con el comunismo y lo que denominan ‘nueva izquierda’ (en donde llegan a incluir también otros movimientos sociales), construyendo así un ‘nuevo enemigo’ y sembrando miedo.
Fortalecer sus estrategias de reclutamiento y formación de jóvenes como actorxs clave en la promoción activa de sus mensajes y de apoyo a su militancia.
Atacar de manera frontal a actorxs clave que han hecho aportes vitales en la lucha por la justicia de género, los derechos reproductivos o derechos de la población LGBTI; por ejemplo, Judith Butler, atacada en Brasil en el otoño pasado, dada su presencia en distintos eventos públicos.
Desarrollar narrativas que conectan más con lo irracional y lo emocional en las personas y comunidades, utilizando mensajes simplistas pero muy dramáticos o incluso explosivos con los que las personas conectan, se sienten identificadas y son movilizadas a actuar (¡incluso a votar!).
Vincular de manera efectiva la existencia y accionar de los grupos feministas o LGBTI con acciones y agendas que según ellxs promueven la violencia y la ruptura social, promoviendo por lo tanto el miedo tan efectivo en estos días como constructor de hegemonías y de poder entre el electorado.
Crear partidos políticos o influir fuertemente en partidos políticos e instituciones del Estado (por ejemplo los órganos legislativos) para ganar poder y tener cada vez mayor capacidad de influir de manera directa en procesos legislativos y de políticas públicas.
Construir una amplia gama de productos culturales que ayudan a difundir sus ideas y reivindicaciones de manera creativa, lúdica y divertida, por ejemplo a través de la música, el baile, teatro, fanzines, programas (o la propiedad incluso) de televisión y la radio. En muchos países de la región las iglesias cristianas son dueñas de más medios de comunicación masiva que los propios estados.
Pero lo cierto es que la coyuntura política ante la que estamos, la presencia activa y fuerte de actorxs evangélicos, católicos fundamentalistas y otros que levantan la bandera de la lucha contra la ‘ideología de género’, están teniendo un impacto que va más allá de lo discursivo, con implicaciones concretas en la vida de mujeres y personas LGBTI, así como en la laicidad de los estados, en nuestras democracias. Hay algunos ejemplos recientes de dichos impactos que son bastante devastadores:
El discurso contra la ideología de género fue utilizado de manera efectiva a favor del NO en el plebiscito realizado en Colombia para votar a favor o en contra del Acuerdo de Paz. Las iglesias católica y evangélica participaron activamente en la campaña en contra del Acuerdo, dado que éste se convertiría en el primer acuerdo de paz del mundo que incluía apartados y lenguaje específico sobre igualdad de género y derechos de la población LGBTI.
La participación beligerante y clave de actores evangélicos en el proceso de destitución de la Presidenta Dilma Roussef en Brasil y el triunfo electoral de candidatos evangélicos en lugares clave de ese país, como por ejemplo en el gobierno de Río de Janeiro, así como el desmantelamiento de legislación y política pública fundamental para la justicia social y racial y los derechos humanos que habían sido logrados en este país en las últimas tres décadas.
Mucho más recientemente, lo que han denominado el ‘shock religioso’ que impactó fuertemente la primera ronda de la elección presidencial de Costa Rica el pasado domingo, 4 de febrero, donde el candidato evangélico Fabricio Alvarado (que a finales del 2017 tenía tan sólo un 2% de apoyo electoral) fue catapultado al primer lugar ante una fuerte reacción de una gran parte del electorado tico en contra de una opinión consultiva de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que hacía un llamado a que Costa Rica y otros países de América Latina legalicen los matrimonios entre personas del mismo sexo. Alvarado supo utilizar su postura contra el matrimonio igualitario y su discurso contra la ‘ideología de género’ para ganar apoyo de manera sorprendente y es el candidato favorito a ganar la segunda vuelta el 1 de abril.
El aumento de la intolerancia y la falta de respeto por la diversidad entre seres humanxs es notable, con un aumento notable del fascismo, ante lo que son en algunos casos discursos sumamente violentos que se traducen en una mayor incidencia de crímenes de odio por homofobia y transfobia, así como también violencia contra activistas y vocerxs de las agendas feministas y por los derechos de la población LGBTTI.
Y entonces ante este panorama, ¿qué nos queda? Yo pienso que no podemos seguir enfrentándonos a estxs actorxs con las viejas estrategias de siempre, o sea:
Responder con datos fríos y argumentos racionales en esta época de fake news en que la gente está sedienta de conectar y vincularse, de tener en su vida cosas que den sentido y le diviertan.
Como dice Cecilia Delgado, investigadora de la UNAM, no podemos ganar esta batalla discursiva simplemente confrontando o violentando su discurso, porque eso sólo termina reafirmando lo que ya piensan o dicen de las feministas o los movimientos LGBTI, tenemos que ser mucho más sofisticadas en nuestras estrategias de contra-argumentación o respuesta.
Descalificar de entrada lo que parece simple locura, fanatismo o ignorancia, abrirnos a mirar más allá y entender todo el fenómeno social (y en muchos casos económico y político) que hay detrás.
Enfocarnos principalmente a las cuestiones legislativas o de política pública, sin plantearnos de qué manera se puede conectar con públicos más amplios, más diversos, con personas que no son aquellas con las que coincidimos, construir puentes, encontrarnos, construir comunidad más allá de lxs convencidxs en nuestras agendas y discursos.
Evidentemente la tarea que tenemos frente a nosotrxs es enorme, en especial ante el complicado contexto de crecientes desigualdad y violencia que vivimos en México. Sin embargo, creo tenemos que plantearnos fortalecer algunas de las siguientes iniciativas o simplemente innovar:
Hay que entrarle fuerte a la batalla cultural, de construcción de sentidos, discursos, narrativas con las que las personas conecten, que resuenen a felicidad y a vida plena y que apoyen nuestras agendas, sin ser maniqueos o simplistas – que exploten la creatividad inmensa que tenemos entre nuestros movimientos.
Hay que estudiar mejor a esta gran gama de actorxs que empujan estas agendas contra la llamada ‘ideología de género’, para conocerles mejor, entender no sólo de dónde vienen y quiénes son, sino cómo se organizan, qué les mueve y apasiona de su lucha, cómo conectan con sus causas, de dónde se financian.
Hay que usar entonces diversas expresiones artísticas como vehículos importantes para llegar a públicos inusuales, no convertidos, en disputa, mediante el teatro y cabaret, la música, carteles, fanzines y otras formas artísticas que ayuden a que la gente conecte desde un lugar no racional con nuestras visiones de mundo, con nuestros sueños.
La batalla discursiva tiene que darse tanto redes sociales como otros medios de comunicación masiva y tenemos que estar atentas porque la tendencia es a que haya un vaciamiento de significado en los discursos, donde ellxs utilizan argumentos similares a los nuestros, dejando algunos de nuestros términos y conceptos sin sentido o distorsionándolos a tal nivel que ya no nos son tan útiles.
Hay que hacer alianzas fuertes y diversas entre nosotrxs, feministas, activistas, artivistas, artistas, ciberfeministas, etc., tender puentes con otros movimientos sociales y actorxs con quienes no hemos construidos alianzas aún. Tenemos que construir fuerza social que contrarreste la fuerza creciente que estos actores han logrado construir en un plazo relativamente corto de tiempo.
La coyuntura político electoral mexicana no está exenta de todas estas dinámicas de poder, de estas disputas. No sólo por la presencia activa de un partido evangélico en alianza con Morena, sino también por la multiplicidad de actores que avanzan estas agendas contra la llamada ‘ideología de género’ en el terreno electoral, más allá del PES (un ejemplo muy reciente: el candidato del PRI al gobierno de la Ciudad de México en sus declaraciones contra el matrimonio igualitario, la adopción de parejas gays, hechas en esta última semana). Lo cierto es que tenemos poco tiempo para actuar en el proceso electoral del 2018, pero es claro que esta es una lucha de largo plazo, en la que nuestros derechos, las democracias y nuestros sueños tienen mucho que perder si no logramos sumar fuerza, construir poder y ser más listxs y creativxs que todxs estos actorxs juntxs.
***
En solidaridad con Sandra Peniche y las compañeras de la Clínica de Servicios Humanitarios en Salud Sexual y Reproductiva, en Mérida, Yucatán, que enfrentan esta semana una campaña liderada por fundamentalistas en contra de los vitales servicios que proporcionan a las mujeres y población yucateca.
No es lo mismo escribir de nosotras que con nosotras […]
Lohana Berkins.
Escribir sobre la vida propia es un acto completamente político, pues no se trata de solamente plasmar la autobiografía como acto estático sobre el papel, sino que implica hacer de las letras un entramado vivo de emociones, sentimientos, experiencias, encuentros, desencuentros y múltiples realidades de deseo que habitan nuestro interior.
Ha sido la vida de las personas que han dejado huella en nosotras y en el acontecer del mundo las que han hecho historia, y la historia misma, entonces, es tiempo de echar raíces con nuestra vida y cimentar el amplio paradigma de la memoria que prevalece a través de la escritura y el sentir y por qué no, proponer otras formas de hacer teoría, porque la vida también debería fundar la teoría, sí como el cuerpo.
Aún recuerdo aquellos años de primaria y secundaria en los cuales uno de los ejercicios era escribir la propia historia de vida y hacer un recuento de lo vivido. Un proceso difícil y continuo que ocupa un mayor volumen conforme pasan los días y las historias y que nos hace enfrentarnos con la archiva propia, como una propuesta de encuentro, desencuentro y sanación, pues no resulta nada fácil escarbar en el pasado; una se encuentra con heridas, cicatrices, oscuridad y terrenos punzocortantes que siempre están ahí acompañándonos y que nos recuerdan que sobrevivimos; de vez en cuando es necesario descender al abismo, donde también hay vida.
Siento muchas emociones al encontrarme sentada frente a la computadora escribiendo sobre este tema, pues casi siempre leo artículos, tesis, informes u otro tipo de documentos sobre personas trans* escritas por otras manos que en la mayoría de los casos, no desean construir con nosotras; nos utilizan como objeto de estudio y como casos pertinentes para exotizar y para autoadjudicarse una imagen políticamente correcta disfrazada de extractivismo académico o periodístico que goza de esta acción de extraer la vida y las voces de los otrxs para escribirla sin convocar a quienes les pertenece este saber.
Es aquí donde podemos formular la pregunta recurrente ¿qué pasa con la escritura de las personas trans*? Sin la escritura de las personas trans* no podríamos aproximarnos a esa otra realidad que buscamos día con día en nuestro andar que se traduce en las batallas que combatimos, encarnamos y que nos atraviesan el cuerpo, los cuerpos.
Es tiempo de retomar nuestra propia historia como acto de resistencia y como antecedente para construir nuevas formas de conocimiento, nuevos saberes y experiencias a través de anti-metodologías íntimas de transición, narraciones encarnadas que prevalezcan y desde donde podamos, incluso gestar alianzas entre personas y movimientos. Cada día me veo, nos vemos, obligadas a actuar y, quizás, lo hagamos desde el desorden.
Somos nosotras las personas trans* quienes llevamos nuestro saber de la frontera al centro, ponemos en contacto al mundo capitalista y neoliberal con otras realidades gestadas en la periferia, el límite y lo invisible. Todas las historias de dolor que nos habitan y que están conectadas con el rechazo, la invisibilización, la incertidumbre diaria, la pregunta por la vida y la muerte o la lucha por ser nombradas como lo que hemos elegido son la fuente que hace emanar nuestro conocimiento y nuestra resistencia continua.
Son nuestras ancestras también quienes hacen posible este proceso de aprendizaje. Cada una de las que nos ha quitado este estado habitan nuestro cuerpo y reconfiguran nuestra valentía porque hasta eso nos ha negado la historia y nosotras no lo vamos a permitir, somos legado espiritual, curanderas por naturaleza y entidades transformadoras de los sistemas tan violentos que habitamos.
¿Pero qué y cómo sería una escritura trans*? Una escritura trans es una escritura que se desprende de la justificación teórica y la explicación objeto-científica que ha imperado a lo largo de la historia sobre nuestros cuerpos. Nuestra escritura no necesita otra justificación más que la propia, pues son nuestras historias las que necesitan justificar que hay otras formas de habitar el mundo, los cuerpos, las identidades y los afectos. Formas infinitas y coloridas de vivir y de sentir.
Hemos mostrado históricamente, querer estar en las cosas que hacemos y sabemos, con la propia subjetividad, renunciando a la abstracción y a lo universal con el poder que ello pueda dar, para no perder el contacto con las cosas y así sentirlas y saberlas. El desprecio por los saberes enraizados en la experiencia viva de las personas trans*, pienso que daría lugar a ciencias humanas sin sentido, a una justicia ciega y violenta, a una escuela que no sabe enseñar, a una política de adeptos al trabajo, a una sociedad de extraños. Con nuestra escritura trans* hacemos ver que existen otros saberes que se alimentan del intercambio con nosotras y que es también nuestro ser cuerpo: ser a la vez cercana y lejana, silenciosa y locuaz, depositaria de secretos primordiales, amoras que proponemos la libertad.
*El asterisco engloba múltiples identidades trans que se escapan del binario, lo complejiza.
¡Ah, el gozo de la piel, del cuerpo y del ser! ¡Ah, la fascinante experiencia de poder vivir, mientras estamos en esta tierra, un número infinito de orgasmos! ¡Ah, las posibilidades del erotismo! Desde muy joven —primero gracias a los afanes de mis manos y después debido a entusiastas parejas— descubrí que llegar al clímax sexual es uno de los más grandes regalos que pueda tener cada ser humano, sin importar su sexo, su género, su edad ni su estado civil; es un boleto de acceso a un espacio en donde un@ se transforma en sólido, líquido y gaseoso sin necesidad de tener la compleja máquina de un inventor avezado, logrando rearmarse después para regresar a lo cotidiano con las células intactas pero una encantadora tranquilidad en el alma.
Por eso, siempre me ha llamado la atención cuando alguien me dice (o lo leo) cosas como que el sexo es malo, es sucio, es irracional, animal, perverso, innecesario; que jamás ha sentido un orgasmo, que los finge tiro por viaje, que nunca se ha masturbado, que sus compañer@s de cama no le han hecho ni cosquillas o que yo soy una vieja cochina por estudiar e informar sobre sexualidad humana como si no supiera que es algo que se debe mantener en secreto, en privado, en lo oscurito.
Me entristece darme cuenta del altísimo grado de insatisfacción que hay en el mundo, en México y, particularmente, entre las mujeres de todas latitudes. A cada rato recibo mensajes de lectoras que me piden consejos para sentir un orgasmo, me preguntan si en verdad se puede ser multiorgásmica o me cuentan que están insatisfechas, muchas veces desde décadas atrás, con la vida erótica que tienen. Trato de orientarlas de la mejor manera mediante mensajes, de compartirles bibliografía y recomendarles que practiquen lo estudiado, pero el problema siguiente es que temen que sus compañeros o compañeras se saquen de onda porque repentinamente desean probar cosas nuevas, han encontrado un punto sabroso que no conocían de sus anatomías o llevan algunos artículos de novedá a sus alcobas. Entonces, se crea un doble drama: ya no sólo el de la ausencia de placer, sino también la aparición de vergüenza o temor, así como un posible rechazo por parte de sus compañeros.
¿Qué hacer en esos casos? Llevo 18 años estudiando e investigando sobre sexualidad humana, así que he pasado por diferentes niveles, cada vez más profundos, de comprensión tanto de la capacidad que tenemos hombres y mujeres de sentir placer como de los prejuicios que nos acompañan, pegados como chicle en el zapato, desde que somos unos niños, los cuales nos hacen ser infelices en lugar de vivir en bienestar, pues han estado presentes desde las primeras civilizaciones que poblaron este mundo como si fueran un cuchillo invisible que nos machaca el cerebro para que no nos salgamos del corralito de lo “eróticamente correcto”.
No es sencillo cambiar de paradigma ni es labor de tan solo una persona o un pequeño grupo de entusiastas que hayan comprendido más aristas del placer, el conseguirlo. Lo que se necesita es información veraz, humanista, laica, completa y compleja. También ganas. Y hartos huevos (ovarios, pues) para plantarnos frente a quien cuestione el ejercicio de nuestra sexualidad, diciéndole que tenemos el derecho, reconocido hasta por instancias muy perronas a nivel internacional, de sentir placer, más la inteligencia para determinar que queremos alcanzar la plenitud. Punto.
Hacer eso da miedo cuando no se tienen las herramientas tanto emocionales como intelectuales y vivenciales para lograrlo. Lo más curioso, a la vez que esperanzador, es que no se necesita mucho más que el deseo de llegar a ese puerto, orientación sobre el destino y, sobre todo, la capacidad de conocernos a nosotr@s mism@s a profundidad, de reflexionar sobre el mundo que nos rodea, con todas sus limitaciones pero, a la vez, posibilidades; el anhelo de alcanzar el bienestar, amén de una buena salud en todos niveles, estabilidad emocional; de jamás aburrirnos, de permanecer alebrestad@s por quienes comparten sus cuerpos con nosotr@s, de ver el mundo con ojos de asombro como si siguiéramos siendo niñ@s pero con la capacidad de sentir unos orgasmotes de miedo. No es tan difícil, en serio. Vamos a platicar un poco al respecto.
Tócate aquí, allá y acullá (incluyendo el intelecto)
Hace dos años, cuando presenté mi primer libro, El motel de los antojos prohibidos, en la terraza de un hotel en el Centro Histórico, en la sesión de preguntas y respuestas, un hombre (entrado en años y cobijado bajo un paraguas entre el centenar de asistentes) levantó la mano para preguntar si no me daba vergüenza escribir sobre estos temas, y si ya me había puesto a imaginar qué pensaría Dios de mi libro.
Justo mientras él expresaba su inquietud, un amigo se acercó para decirme al oído que mi tía Coco, que estaba en silla de ruedas, tenía mucho frío y ya se quería ir. A mí se me cruzaron los cables, le pedí a su hermana que la acompañara y cuando regresé a enterarme del chisme para contestar, mi amiga Marisol Gasé, quien era una de l@s presentador@s, ya tenía el micrófono en la mano. Le dijo: “Yo lo único que voy a comentar, en lo que Verito responde, es que si ese Dios que mencionas no hubiera querido que sintiéramos placer, nos hubiera puesto las manos en la cabeza”.
Las carcajadas brotaron como flores en primavera, y aunque posteriormente le dije al señor que mis estudios en sexología eran humanistas, científicos y laicos, por lo que no me había parado a pensar en lo que su dios pensara, pero había mucho de espiritualidad tanto en el ejemplar como en la práctica erótica, el comentario de Marisol me dejó pensando durante varios días en que explicar el asunto podía ser así de sencillo. No se necesita mayor erudición para romper nuestros mitos y tabúes que el deseo de hacerlo, aunado a buena información y la lógica para entender que, más allá de las creencias de cada persona, el placer es algo que debería ser visto en toda su magnitud, como algo que incluso nos acerca a lo divino en tanto nos hace sentir felices, completos, tranquilos, amorosos, dispuestos a ser buenos con los demás cuando lo sentimos de manera profunda, abiert@s a la experiencia, sin aprensiones ni nomás por encimita.
La sexualidad abarca el sexo, las identidades, los géneros, la intimidad, la reproducción, el erotismo. Se vivencia a través de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, conductas, prácticas, papeles y relaciones interpersonales. Tiene la influencia no únicamente de factores biológicos y psicológicos, sino también sociales, económicos, políticos, culturales, éticos, legales, históricos, religiosos y espirituales. Es parte inherente de cada ser humano desde que está en el vientre materno hasta el día en que muere. Eso es lo más básico pero, a la vez, más complejo que podamos entender sobre nuestro ser sexual. Si comprendemos ese universo tan vasto que representa, nuestra mente va a estallar por todas las posibilidades que tendrá para encontrar “lo sexual” en nuestro día a día, pero también nuestro cuerpo, pues podremos descubrir entonces que el placer (el cual según la teoría general entra en el campo de la erótica pero de acuerdo con la mía está en todos lados, en numerosas actividades, expresiones y personas) podía estar a nuestra vera cada instante de nuestra existencia. Qué gran regalo, ¿no?
Por eso, mi mejor consejo es invitarte a que te toques aquí, allá y acullá y hagas lo mismo con tu pareja para descubrir todas esas zonas que hay en ti donde sentirás desde cosquillitas agradables hasta tsunamis de sensaciones. Puedes emplear objetos para conseguir un sinfín de estremecimientos (plumas, telas, comida, aromas, aceites, juguetes sexuales, música, películas, bebidas, incluso artilugios de cocina, cojines de la sala, platos del comedor, alcohol o cannabis empleados de manera controlada y consciente), así como abrir tu voz para contar tus experiencias pasadas, tus fantasías, tus deseos futuros. No olvides que los seres humanos no somos entes estáticos; todo el tiempo estamos cambiando, así que lo que te gustaba hace diez años no será igual a lo que te apasiona ahora o te va a acicalar el chivigón dentro de dos décadas.
Olvídate de que “el sexo” es la penetración o lo genital. Atáscate con todo: ve de los dedos gordos del pie al cabello como un niño o una niña que va descubriendo el espirógrafo que le regalaron en su cumpleaños. Haz pausas durante la faena erótica. Cuando sientas que has llegado a un punto alto de regodeo, detente. Beban algo, cambien la música, rían, cuenten lo que estaban sintiendo, coman. Después sigan descubriendo ese territorio ignoto que es el cuerpo de cada uno.
Cada milímetro de tu piel es capaz de sentir placer; deja que el sol te acaricie, que las olas del mar jueguen contigo, que el viento te faje. Todo eso es sexual pero también es experiencia de vida, al igual que una plática sabrosa, larga, profunda con un buen amigo o una buena amiga (¡vamos rompiendo esa regla de que los nenes con los nenes y las nenas con las nenas!), la emoción de ver una película que te haga llorar, escuchar una canción que provoque que tu corazón palpite o admirar una flor magnífica creciendo en un camellón de tu ciudad. Si lo piensas, hay mucho de divino en ello, pero de una manera tangible, no tendenciosa o enigmática como puede pasar en los conceptos religiosos.
Lee mucho. No sólo es sexy; también te ayudará a entender que el placer está en todos lados. Ojo: no hablo a nivel metafórico únicamente, sino también de lo genital. Leer nos ayuda a entender, y entender nos lleva a analizar nuestros temores. Analizar nuestros temores nos hace descubrir los prejuicios que hay detrás de ellos. Encontrar y comprender esos prejuicios es la única manera de destruirlos. Si los destruyes, entonces podrás sentir de verdad. Es como salir de una Matrix en donde el deseo es una cosa ahí más o menos chida, como nos han hecho creer, para entrar en una dimensión nueva en donde descubrirás que el gozo puede ser constante, intenso, infinito.
Toca tu intelecto. No te quedes con la información que leíste o viste en YouTube. Reflexiona al respecto. Reta a tu mente para que vaya más allá, para que genere una interpretación de lo aprendido, aplicándolo en la vida cotidiana. Puedes hacerlo con un porno inteligente (¡las mujeres de varios países están haciendo pornografía maravillosa!) o con un tratado de sexología, una novela romántica o lo que te contó tu comadre hace unos días. Haz que te gire la ardilla, para que vayas comprendiendo quién eres, qué te gusta, cómo es tu mundo, cómo te ves a ti misma y a los demás.
Aunque no lo creas, ¡todo esto es sexual también, pues te va a generar placer y hará que comprendas quién eres! ¿Necesitas más para dar el paso? Anda, anímate a ejercer tu derecho al placer entendiendo lo que esta frase, a veces tan sobada, implica. Te presagio un viaje sorprendente.
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