Existe constancia que los movimientos de la tierra se han registrado desde la época prehispánica, en los códices los terremotos se representan con los glifos ollin (movimiento) y tlalli (tierra) para expresar movimiento, sus íconos son un punto con aspas de colores para dar una idea clara del caracter no estático.
Fray Bernardino de Sahagún también registró en sus textos los eventos sísmicos en la época colonial temprana, incluyendo los rituales asociados con estos eventos naturales, ligados en su cosmovisión al choque de la tierra con el sol.
Deberíamos estar acostumbrados a los terremotos, pero no es así. Siempre nos toman por sorpresa, nunca estamos preparados y siempre hacen falta estrategias a mediano y largo plazo para actuar y minimizar el impacto.
Se supone que es absolutamente necesario tener un permiso de construcción “legal” para construir, pero todos sabemos que dentro de la legalidad hay muchas ventanas para la ilegalidad y todos los permisos pueden tener una variedad infinita de caminos para llegar a su obtención.
Una vez obtenidas las licencias hay un vacío técnico y legal en lo que se refiere a remodelaciones, la mayoría se hacen sin permisos, con maestros de obra en las que se sustituyen o eliminan elementos estructurales y muros que aportan rigidez a las construcciones. ¿Qué puedes hacer si vives en un departamento en el que el vecino demuele muros simplemente porque quiere? En este momento post terremoto es más que obvio que esas acciones tienen repercusiones en el desempeño de una estructura en momentos críticos si no se hacen revisando el comportamiento de la estructura en su totalidad en un modelo tridimensional al que se le aplican las fuerzas de sismo. ¿Cómo evitar esas acciones hormiga incontroladas y no supervisadas que minan la eficiencia estructural de los edificios?
Es increíble que los sindicatos de trabajadores de la construcción estén tan organizados que lleguen el día número 1 en el que inicias con trabajos mínimos como la pintura de un departamento y la delegación sea incapaz de enterarse y hacer algo en los casos en los que privados aumentan pisos a construcciones existentes o nuevas, demuelan muros y se debiliten estructuras poniendo en riesgo la vida, el patrimonio propio y de vecinos o incluso demoliendo construcciones enteras que están protegidas.
Edificio en la Ciudad de México
El terremoto ha hecho evidente muchas fallas legales y técnicas, pero también el gran daño que todos hemos hecho como vecinos, como autores activos (probablemente sin saberlo) al transformar construcciones irresponsablemente.
¿Quién no ha realizado transformaciones a su casa o departamento a la ligera haciendo un cuartito, demoliendo un murito? Ahora, entre los escombros muchas historias salen a la luz. El departamento que quedó como sandwich en avenida Sonora en la Colonia Condesa porque al interior lo transformaron en loft, o estructuras falladas porque se demolieron muros en un piso, o la escuela colapsada porque la estructura cargaba mucho más peso del que podia resistir.
Caminar por la ciudad lastimada por el sismo sigue revelando vacíos. Edificios abandonados porque los condóminos no se ponen de acuerdo y no hay instrumentos que definan plazos, vecinos que no quieren o no pueden arreglar, o casos de edificios que deben demolerse pero los propietarios se niegan a hacerlo por el costo. ¿Quién supervisa que se lleve a cabo?¿cuáles serían los objetivos en cada uno de los casos? ¿vamos simplemente a dejar que queden esas ruinas en la ciudad? ¿seguiremos coleccionando lugares para la memoria de lo que se cayó?
A todos debería preocuparnos que las construcciones queden en “pausa” y no se sepa bien a bien qué va a ocurrir con ellas, cuál es su estado y los plazos para que la situación cambie.
Lo más sensato sería tener una base de datos confinable y actualizada después de cada terremoto con los edificios dañados a menor o mayor escala, que exista un departamento encargado en darle seguimiento a cada uno de los casos, exigir a los propietarios y ayudarlos a restaurar, reestructurar o demoler. Facilitarles los permisos que se requieran, tener un calendario de acciones precisas, ayudar y orientar con los trámites necesarios y dar estímulos específicos en los casos en que los vecinos estén recuperando sus inmuebles de manera responsable y con la supervisión técnica adecuada. Eso no solo hay que aplaudirlo sino estimularlo como vecinos y como autoridad. Queremos una ciudad con edificios recuperados, reestructurados, habitados, y una ciudad con vida, eso también la hace más segura.
Pasó el terremoto y nuestra memoria borra poco a poco el impacto causado, pero es ahora cuando tenemos que trabajar en construir los sistemas que nos permitan tener estructuras más seguras. No sirve de mucho tener nuevos reglamentos si no se respetan, tampoco ayuda participar en deconstruir a pedazos proyectos aprobados técnicamente con transformaciones irresponsables sin supervisión.
El terremoto tuvo un costo real inmediato devastador pero también existe otro costo menos tangible que ya se percibe caminando por zonas afectadas, hay calles semiabandonadas, menos vecinos y actividades. Tenemos que evitar tener trozos de ciudad con construcciones suspendidas en el tiempo como parte del mausoleo de edificios dañados. La mejor memoria que puede existir en la ciudad es ayudándola para que se recupere lo más rápido posible.
Estoy convencida que debemos buscar continuamente nuevas formas para poder modificar conductas discriminatorias, eso significa darnos la oportunidad de pensar desde diferentes posiciones constantemente.
Acciones como el machismo, la misoginia y los feminicidios son las máximas expresiones de odio y violencia hacia las mujeres. Por ello, una de las reflexiones que quiero que hagamos juntas ahora, es preguntarnos si hay campos que debemos explorar para que las mujeres dejemos de ser asesinadas a manos de un hombre, ya sea la pareja, un familiar, un amigo o quizás un desconocido que en ese momento vio la posibilidad de llevar a cabo “ese mandato social” de expresar superioridad ante las mujeres.
El porqué nos asesinan es una respuesta que tenemos medianamente resuelta, ya que lo hacen “por algo” y no “para algo”; ese “algo” es porque pueden, porque existe impunidad y porque hay una cultura arraigada de menoscabar la dignidad de las mujeres sistemáticamente. Es decir, son dos elementos que van de la mano: te mato porque puedo y te mato porque no va a pasar nada.
¿Cómo cambiar esa cultura en donde los hombres han aprendido a violentar a las mujeres? ¿Cómo eliminar la impunidad que nos aqueja cuando somos víctimas de golpes, violaciones, discriminación y hasta la muerte? ¿Cómo tener acceso a la justicia o a procesos judiciales sin esas cargas culturales, donde se hace caso omiso a procedimientos, protocolos, acuerdos internacionales, a la Constitución Mexicana, o a las Constituciones locales?
Reiteradamente hablamos de educación, incluso de reeducarnos. Recuerdo que hace poco conversábamos que las mujeres cada vez somos más educadas para empoderarnos, se nos dice que podemos ser lo que queramos; además, las nuevas generaciones son formadas bajo estos valores de igualdad y equidad; hemos irrumpido pues en esta sociedad machista, haciendo y diciendo cosas que antes sólo se veían en el ámbito masculino.
Pero, ¿qué pasa con la educación brindada a los hombres?, ¿se les está educando para modificar este pensamiento machista?, ¿se les enseña a reconocer, por un lado la igualdad de las mujeres, pero por otro lado, que ellos también pueden hacer otras cosas tanto en lo emocional, en lo laboral o en lo social que se circunscriban sólo para las mujeres?
Jacqueline L’Hoist, presidenta del COPRED
Hace algunos meses salió una campaña en la Ciudad de México, cuyo objetivo fue hacer que los hombres, desde su masculinidad, sintieran lo mismo que sentimos nosotras las mujeres cuando somos acosadas o violentadas. Estos ejercicios son realmente interesantes pero improbables, ya que la campaña llama a la reflexión desde lo personal, es decir, apela “a que veas lo que se siente”; y aunque hay hombres que ciertamente pueden vivir acoso o violencia por el simple hecho de ser hombres, los datos son verdaderamente incomparables, aunado a que no existe empatía como para “ponerse en nuestros zapatos” ya que no es su realidad. Así pues, muy probablemente el acosador nunca se verá reflejado en esa situación; y entonces la frase (por cierto bastante mala) “se lo pueden hacer a tu madre, hermana, esposa o hija” poco impacta, de hecho muchas veces, ellos mismos son quienes lo hacen hacia ellas, y entonces… ¿qué importa el comparativo?
Lo anterior me permite llegar a una reflexión, a una teoría que busca una alternativa de cambio:
Al paso del tiempo he aprendido mucho del tema trans en lo social, en lo familiar y en lo cultural, por eso es que me atrevo a lanzar la pregunta: ¿será que los hombres trans puedan ayudar a modificar este “mandato social” que dice que los hombres son superiores a las mujeres, y además de ello, puedan irrumpir en los esquemas tan arraigados de la “hombría” generalizada?
Quiero que me acompañen a pensar que puede haber una manera diferente de entender el comportamiento masculino:
¿Qué hace a un hombre ser hombre? Desde la mirada binaria, cisgénero y heteronormada la respuesta es muy simplista: si tienes pene y si sientes atracción hacia las mujeres, eres hombre; es así que a partir de ello se te asigna un comportamiento y entonces la sociedad espera algo de ti, esa sociedad inmersa en comportamientos machistas que lleva a sus extremos al hombre misógino. Es decir, serás educado bajo una serie de supuestos donde incluso, si tu identidad de género fuera de mujer y mientras no hayas hecho tu transición social, física y/o legal, se te seguirá exigiendo lo mismo.
En párrafos anteriores hablé de cómo en algunos contextos las mujeres son educadas para cambiar entornos, lo cual se ha logrado con un relativo éxito incluyendo, por supuesto, las mujeres trans que han alcanzado su transición en la infancia y/o adolescencia.
Pero, ¿cómo educar a los hombres para cambiar también su contexto? Sin duda, otros hombres son el mejor ejemplo de ese cambio y frente a ello, la posibilidad de compartir nuevas masculinidades.
Es desde ahí donde considero que los aportes de los hombre trans, son y serán definitorios para esta nueva visión de masculinidades, ya que para muchos de ellos su construcción se inició desde el género que les asignaron al nacer basado en sus órganos sexuales, es decir, el femenino, situación que les permite reconocer la importancia del empoderamiento femenino, que en muchos casos, les ayudó a poder reconocerse y a transicionar social, física y legalmente; además, una vez reconocidos socialmente con el género masculino, asumen la importancia de promover la equidad de género y la igualdad entre personas.
La pregunta es: ¿Esta vivencia nos podrá aportar a la sociedad una dualidad de realidad compartida en una sola persona y con ello la posibilidad de romper con el estereotipo de “lo masculino”, para darnos la oportunidad de conocer relaciones diferentes entre hombre y mujer?
Es así que quizás estos varones tendrán el gran reto de no reproducir esquemas, de romper con la cultura binaria de sometimiento y violencia hacia las mujeres en la que hemos vivido, de construir una nueva definición de las masculinidades para los hombres cisgénero que mantienen relaciones heterosexuales, pero también de aquellos homosexuales en su convivencia con las mujeres.
Yo quiero pensar que sí, que la irrupción de los hombres trans en nuestra sociedad es necesaria para entender la masculinidad de forma diferente, son ellos quienes han luchado por la dignidad del reconocimiento de su género y quienes no estarán dispuestos a que se les siga denigrando a las mujeres.
La última imagen es la que cuenta. Para mí, Angela, será satisfactorio arreglarte para que se queden con el mejor imagen y te recuerden siempre…
El embalsamamiento es el proceso de preservación, desinfección y presentación estética de un cadáver humano, en el cual vamos a atrasar el proceso de descomposición y disminuir el dolor visual ante los familiar y amigos. Asimismo, vamos a darle una velación digna a la persona finada.
Éste proceso consiste en una técnica por donde el cuerpo es tendido en la plancha o mesa de acero, en la cual se despoja de toda ropa o mortaja y empezamos con masajes en los músculos para remover el rigor mortis (endurecimiento muscular). Las facciones se arreglan antes de una inyección de químicos, ya que después de que el cuerpo haya sido inyectado es difícil reacomodar labios y ojos.
Continuando con el proceso, se realiza la localización del sistema vascular por medio de una incisión menor a cuatro centímetros por el área -ya sea femoral, carótida, etc., depende de la complexión corporal-; cuando se encuentran la vena y la arteria, por la incisión hecha se introduce una cánula para la inyección del químico compuesto. Al mismo tiempo se drena la sangre por la vena principal y así evitar la descomposición de los tejido ya que este es uno de los factores principales de los órganos.
Seguimos con este procedimiento. Ahora vamos a aspirar los líquidos naturales del cuerpo (sangre, orina, heces fecales, gas, etc.). Esto se hace con un instrumento llamado “trocar”, el cual se introduce haciendo un orificio abajo de la última costilla, este es conectado a una bomba de aspiración. Terminamos con la limpieza del cuerpo, la vestimenta y el arreglo estético, sea mujer u hombre.
Mi nombre es Ángela y esto es mi pasión. Nosotros los embalsamadores no somos nada insensibles ni sangre fría como dice la mayoría de la gente. Somos como tú, como cualquier persona. Lo que nos diferencia de las demás es el amor a esta profesión y lo digo como mujer: hay un respeto tanto para la persona fallecida, para el familiar y para nosotras las mujeres que realizamos esta hermosa labor.
Estar ante una persona fallecida te trae a la mente la familia, los hijos, la propia vida. Se valora mucho… se ama la vida.
Tantas experiencias que día a día se viven…
En el momento de estar presente en una preparación nunca me siento sola: hay una presencia, quizás la de la persona que voy a preparar o de algún alma que anda vagando. Jamás me siento sola, se manifiestan de diferentes formas y es porque agradecen el que mitigamos el dolor haciendo que se vean que están dormidos, inhertes para nosotros, dormidos para ellos.
Una ocasión tuve la fortuna de preparar un angelito. La mamá, devastada del dolor, dolor que jamás se compara ante ninguna otra pérdida. Terminé mi preparación y al salir para presentar mi trabajo decidí mejor enseñarle a su bebé llevándolo en mis brazos. De pronto mis oídos escucharon el arrullo más hermoso que pude haber escuchado. La mamá lo tomó en sus brazos y su llanto lo cambió por una canción de cuna. La dejé ahí sola con su ángel por dos horas. Me sentí mal al separarla ya que en ese momento ella debía aprovechar tenerlo en sus brazos por última vez.
Otra ocasión conocí el amor verdadero. Una señora, 76 años. Diabetes e infarto agudo al miocardio fueron las causas para quitarle la vida a Doña Elena (Elenita como le decía su esposo). No entraré en más detalles, creo están de más. Al presentarle el resultado al señor, fue una combinación entre amor y dolor, sus lágrimas rodaron, una sonrisa pintada traía Don Jesús. Su expresión: “Elenita, qué hermosa te dejaron, hasta muerta no dejas de ser hermosa y así jamás dejarás de ser el amor de mi vida. Aquí te entrego, mi Elenita. Yo estaré contigo en vida. Espérame así de hermosa que yo te alcanzare”. A las pocas semanas puse un traje gris, rasure, realicé un nudo de corbata. Tenía en mis manos a Don Jesús con una bella sonrisa.
Y así muchas anécdotas podría contar. Casi no veo a mis hijas, pero la entrega que tengo hacia mis muertitos es mucha. Y siempre, siempre los honro.
A 20 años de las conferencias internacionales de El Cairo y Beijing, donde los Estados participantes acuñaron y ratificaron el concepto de salud reproductiva y adquirieron el compromiso de adoptar todas las medidas apropiadas para asegurar, en condiciones de igualdad entre mujeres y hombres, el acceso universal a esos servicios, así como a aquellos relacionados con la salud sexual, la legislación mexicana está en deuda con las mujeres y niñas, pues aún no prevé con claridad y certeza el contenido jurídico de los derechos sexuales, de manera tal que es posible aseverar que no se encuentran lo suficientemente garantizados y, por lo tanto, son con frecuencia vulnerados,
En principio, podemos atribuir esta omisión a la dificultad real entre las y los actores políticos que impide superar las barreras ideológicas y entrar de lleno al desarrollo del andamiaje jurídico para definir con precisión el contenido normativo, además de cierta resistencia a asumir el nuevo reto en torno a la perspectiva transversal de derechos humanos que norma la actuación de todas las autoridades en los tres niveles de gobierno.
Desde esa perspectiva, es que consideré desde hace tiempo, como feminista y como legisladora de izquierda, que era urgente la ampliación de la definición de los derechos sexuales y reproductivos, que ampliara su exigibilidad y de esta manera el Estado fuera congruente con lo previsto en los instrumentos internacionales de derechos humanos, así como con los criterios y resoluciones internacionales que conforman una valiosa fuente del derecho y nos aportan elementos clave para su concreción.
Actualmente, el escaso marco normativo de los derechos sexuales caracteriza a las mujeres como instrumentos reproductivos y objetos sexuales o de placer, de manera que se les desconoce el carácter de persona autónoma, con derecho a una vida sexual saludable y placentera. No se considera que el desarrollo de la sexualidad y la capacidad de procrear son dos derechos estrictamente vinculados con la dignidad de la persona y el desarrollo de sus capacidades. Por eso es necesario que esos derechos sean garantizados a nivel federal, estatal y municipal, protegiendo la integridad física y psíquica de la persona.
La normatividad mexicana no ha asumido el criterio objetivo de la Organización Mundial de la Salud, que define el contenido del derecho a la salud sexual como un “Estado de bienestar físico, psíquico, emocional y social en relación a la sexualidad; no es solamente la ausencia de enfermedad, disfunción o debilidad. La salud sexual requiere un enfoque respetuoso y positivo hacia la sexualidad y las relaciones sexuales, así como hacia la posibilidad de tener relaciones sexuales placenteras y seguras, libres de coerción, discriminación y violencia. Para poder alcanzar y mantener la salud sexual, los derechos sexuales de todas las personas deben ser respetados, protegidos y satisfechos”.[1]
Es importante destacar que en materia de derechos reproductivos, nuestro país cuenta con un largo historial de avances y retrocesos, y que en su intento de desarrollo ha prevalecido desafortunadamente la irracionalidad jurídica, la violación al estado laico, entre otros, llegando al extremo de criminalizar a las mujeres que intentan ejercer su derecho humano a la salud sexual y reproductiva.
No olvidemos la profunda resistencia de los grupos conservadores para reconocer los derechos sexuales y reproductivos como derechos humanos. Por lo tanto, sirva este texto para exponer las razones por las cuales defiendo su existencia y abogo para lograr su desarrollo normativo desde una perspectiva de género y de derechos humanos.
Un argumento de peso es sin duda la reforma constitucional en materia de derechos humanos de junio de 2011, que modificó el multicitado artículo 1º constitucional, el cual incorpora las normas de derechos humanos contenidas en los tratados internacionales de los que el Estado mexicano es parte; reconoce los derechos humanos, lo cual implica que son inherentes a las personas y, por lo tanto, el Estado debe proteger, garantizar y respetar su existencia; establece el principio de interpretación, el cual implica la obligatoriedad de las autoridades de interpretar las normas de derechos humanos de conformidad con la Constitución y con los tratados internacionales en materia de derechos humanos.
Se establece el principio pro persona como rector de la aplicación de las normas de derechos humanos; impone la obligación a todas las autoridades de promover, respetar, proteger y garantizar estos derechos en el ejercicio de sus facultades, incluido el Poder Legislativo en términos de creación y reformas de leyes, e incorpora la obligatoriedad de toda la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, incluida aquella establecida en sentencias de las que México no fue parte.
De tal manera que podemos afirmar que el fundamento constitucional de los Derechos Sexuales y Reproductivos se encuentra, sin lugar a dudas, en el capítulo de derechos humanos, el cual consagra derechos tales como la libertad, la no discriminación y la educación, por mencionar algunos. El artículo 4° establece que, tanto la mujer como el hombre, son iguales ante la ley y eleva a rango constitucional el derecho de toda persona a decidir de manera libre e informada sobre el número y espaciamiento de procreación de sus hijas e hijos.
La Suprema Corte de Justicia de la Nación en junio de 2009, al analizar los alcances del derecho a la vida privada en un amparo directo en revisión, hace referencia expresa a los derechos reproductivos como parte integral de la noción de vida privada, con lo cual se acredita el carácter interdependiente de los derechos humanos, tal como lo advierte el Programa de Acción de El Cairo, que reitera que el ejercicio de los derechos reproductivos está vinculado al ejercicio de otros derechos, tales como el derecho a la vida, a la integridad personal, al libre desarrollo y bienestar, a no ser discriminada, a la libertad de conciencia y de religión, a la intimidad personal y a la salud.
Todos éstos son derechos humanos que ya están reconocidos en el derecho interno y en los tratados y convenciones internacionales suscritos por México, como son el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, y la Convención Americana sobre Derechos Humanos.
Particularmente, la Convención para Eliminar todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) establece en su artículo 16, inciso E: “Los mismos derechos a decidir libre y responsablemente el número de sus hijos y el intervalo entre los nacimientos y a tener acceso a la información, la educación y los medios que les permitan ejercer estos derechos (…)”.
El Sistema Interamericano de Derechos Humanos también ha reconocido expresamente la existencia de los derechos reproductivos: ejemplo de ello es la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso Artavia Murillo versus Costa Rica[2] o el Protocolo de la Carta Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos Relativo a los Derechos de la Mujer (Protocolo de Maputo), que establece que los Estados deben tomar medidas adecuadas para “proteger los derechos reproductivos de la mujer”.
Los derechos sexuales y reproductivos guardan una situación particular al estar vinculados también con el derecho a la salud, a la libertad y a la no discriminación, entre otros. Por ello reitero que el derecho a la salud sexual y reproductiva es un componente esencial del derecho a la salud, tal como lo especifica el artículo 12.2 a) del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales.[3]
Según la investigadora Alice Miller[4] -y coincido con ella-, “los derechos sexuales garantizan que las personas tengan control sobre su sexualidad. Por ello, los componentes de la sexualidad que deben estar protegidos son, cuando menos, la identidad sexual, la orientación sexual, la elección de pareja y la limitación a la actividad sexual coercitiva. De esta forma, se protege la actividad sexual no procreativa o no heterosexual”.
En este sentido, el Programa de Acción de la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo (CIPD), la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing de 1995, el Consenso (2013) y Estrategia (2016) de Montevideo sobre Población y Desarrollo, han sido adoptadas por México y aplicadas en el Derecho Interno, en cuyos textos se hace un amplio reconocimiento de la existencia de los derechos sexuales y reproductivos.
La Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer estipula que las mujeres deben disfrutar de los mismos derechos a decidir libre y responsablemente el número de sus hijas e hijos y el intervalo entre los nacimientos, así como a tener acceso a la información, la educación y los medios que les permitan ejercer estos derechos.
Las conferencias anteriormente mencionadas y los Objetivos de Desarrollo Sostenible contemplan el derecho de la mujer a controlar todos los aspectos de su salud, a respetar su autonomía e integridad físicas y a decidir de forma libre todo aquello relacionado a su sexualidad y reproducción.
En todos estos instrumentos se afirma que los Estados deberían considerar la posibilidad de eliminar las medidas punitivas relativas a la salud sexual y reproductiva, y se considera de pertinente relevancia la relación entre la mejora de la salud sexual y reproductiva para las mujeres y la reducción de la pobreza y se establece que la salud sexual incluye el derecho a una vida sexual satisfactoria, así como a la libertad de decidir cuándo reproducirse y con qué frecuencia.
Es muy importante destacar la importancia del Programa de Acción de la CIPD, que contiene una definición de los derechos reproductivos ratificada en la Plataforma de Acción de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer[5]:
“Los derechos reproductivos abarcan ciertos derechos humanos que ya están reconocidos en las leyes nacionales, en los documentos internacionales sobre derechos humanos y en otros documentos pertinentes de las Naciones Unidas aprobados por consenso. Esos derechos se basan en el reconocimiento del derecho básico de todas las parejas e individuos a decidir libre y responsablemente el número de [hijas e] hijos, el espaciamiento de los nacimientos y el intervalo entre éstos y a disponer de la información y de los medios para ello y el derecho a alcanzar el nivel más elevado de salud sexual y reproductiva. También incluye su derecho a adoptar decisiones relativas a la reproducción sin sufrir discriminación, coacciones ni violencia, de conformidad con lo establecido en los documentos de derechos humanos”.
Asimismo, se define la salud reproductiva como:
“Un estado general de bienestar físico, mental y social, y no de mera ausencia de enfermedades o dolencias, en todos los aspectos relacionados con el sistema reproductivo y sus funciones y procesos. En consecuencia, la salud reproductiva entraña la capacidad de disfrutar de una vida sexual satisfactoria y sin riesgos y de procrear, y la libertad para decidir hacerlo o no hacerlo, cuándo y con qué frecuencia”.
Todos estos conceptos han sido retomados por el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales en su Observación General número 14, en el que además precisa que el derecho a la salud incluye la adopción de medidas para mejorar la salud infantil y materna, los servicios de salud sexuales y genésicos, incluido el acceso a la planificación de la familia, la atención anterior y posterior al parto, los servicios obstétricos de urgencia y el acceso a la información, así como a los recursos necesarios para actuar con arreglo a esa información[6].
No obstante lo anterior, la omisión e indiferencia de la que han sido objeto los derechos reproductivos en México ha sido puesta en evidencia en diversos organismos internacionales. El propio Comité de Expertas de la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer emitió recomendaciones al Gobierno mexicano desde agosto de 2006, en las que lo insta a que amplíe la cobertura de los servicios de salud, en particular la atención de la salud reproductiva, así como a eliminar los obstáculos que impiden que las mujeres tengan acceso a esos servicios.[7]
Aunado a lo anterior, en 2010, a raíz del 7° y 8°informe consolidado presentado por México[8] al Comité de la CEDAW, el Comité expresó su preocupación por las reformas constitucionales en los estados, que consideran la vida desde el momento de la concepción y que han puesto en peligro el disfrute de la salud y derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, aun cuando esas enmiendas no hayan modificado los motivos jurídicos ya establecidos para practicar un aborto. El Comité de expertas de la CEDAW también expresó su preocupación por la falta de acceso universal a servicios de atención de salud y a información y educación sobre salud y derechos sexuales y reproductivos, en particular para las adolescentes, a fin de prevenir los embarazos no deseados.
En ese mismo tenor, el 23 de octubre de 2013 México compareció una vez más ante el Consejo de Derechos Humanos en la instancia del Examen Periódico Universal, con sus correlativos informes “sombra” por parte de diversas organizaciones de la sociedad civil.
Derivado de lo anterior, México recibió cuatro recomendaciones sobre derechos reproductivos por parte de Bosnia y Herzegovina, Países Bajos y Uruguay, en las que se insta al Estado mexicano a “fortalecer los servicios de salud sexual y reproductiva para garantizar que las mujeres que se encuentren en las causales legales de aborto accedan a tiempo a servicios seguros, gratuitos y de calidad en todos los estados de México”.
También se le recomienda: “Intensificar esfuerzos para garantizar el acceso universal a servicios de atención de salud, a información y educación sobre salud y derechos sexuales y reproductivos, en particular para las adolescentes”, además de “Incrementar esfuerzos para reducir la tasas de mortalidad materna, en particular adoptando una estrategia amplia de maternidad sin riesgos, en que se dé prioridad al acceso a servicios de salud prenatal, posnatal y obstétricos de calidad”.
En particular se le conmina a: “Implementar las recomendaciones de los Comités DESC (Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales) y CEDAW (Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer) sobre servicios de salud adecuados y accesibles para reducir la alta mortalidad materna e infantil entre la población indígena”.
En México, la actual carencia de una política pública legislativa que aborde específicamente los temas de salud sexual y reproductiva constituye una omisión por parte del Estado; se favorece la reiteración de prácticas sociales que socavan su protección, reproduciendo tácitamente la ancestral caracterización del ejercicio de la sexualidad como un mero medio para la reproducción de las y los seres humanos.
Las relaciones igualitarias entre las mujeres y los hombres respecto de las relaciones sexuales y la reproducción, incluido el pleno respeto a la integridad de la persona, exigen el consentimiento recíproco y la voluntad de asumir conjuntamente la responsabilidad de las consecuencias del comportamiento sexual. Esto no lo han entendido grupos conservadores fuera y dentro de los gobiernos, al encuadrar la maternidad y reproducción como único fin de la sexualidad.
El pleno reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos como derechos humanos de las personas, protegidos por lo que señala el artículo 1º de nuestra Constitución, supone límites a la acción del Estado o los particulares y obligaciones que implican acciones en torno a la garantía de su ejercicio.
La protección constitucional de estos derechos cobra especial importancia, pues su ejercicio está vinculado a la esfera privada de la vida de las personas, que es en la que suelen ocurrir las afectaciones más frecuentes a los derechos de las mujeres.
Como se sabe, durante mucho tiempo las violaciones a los derechos de las mujeres que ocurrían en ese ámbito no fueron objeto de preocupación estatal. La ausencia de leyes que las protegieran frente a la violencia doméstica o que les garantizaran tomar decisiones en relación a su propia fecundidad, son un buen ejemplo de lo anteriormente señalado.
En el feminismo tenemos el convencimiento de que la regulación en torno a la sexualidad y la reproducción humana debe traer aparejada un cambio en la anacrónica y prejuiciosa idea de que el ejercicio de la sexualidad debe estar subordinado a la finalidad de procreación, y que la reproducción deje de ser caracterizada como una consecuencia obligada del ejercicio de la sexualidad.
En este contexto, comprometida con la defensa de los derechos humanos para todas las mujeres, aprovechando mi paso como legisladora en la Cámara de Diputados (2012-2015), decidimos impulsar al lado de un grupo de expertas feministas en el tema reformas a la Ley General de Salud para dotar de contenido normativo a estos derechos y evitar las interpretaciones que hoy en día representan el principal obstáculo para la concreción de los derechos sexuales y reproductivos. Estas posturas han justificado políticas públicas omisas, abusivas e irresponsables que han provocado la muerte de muchas mujeres.
Era urgente responder al compromiso que desde 1994, en la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo, México había aceptado y de esta manera antes del año 2015 debía lograrse el acceso universal a los servicios de salud de la reproducción y a la información al respecto, un resultado cuyo cumplimiento no ha ocurrido en ningún país, pues ha habido resistencias para desarrollar un marco normativo que garantice efectivamente el derecho humano de las mujeres a la salud sexual y reproductiva.
El Estado mexicano tiene una deuda pendiente en salud sexual y reproductiva que podría subsanarse a través del Poder Legislativo, por tal razón, en agosto de 2014, presenté, una iniciativa de reforma a la Ley General de Salud en materia de salud reproductiva que se adecuaba a los más altos estándares internacionales en la materia, y planteaba un cambio de paradigma en el que
1.- Los derechos sexuales fuesen reconocidos como derechos humanos, y, por tanto, deben ser garantizados con leyes y políticas públicas que respeten la vida y la dignidad de las mujeres, por encima de cualquier interpretación conservadora.
2.- Se propone que la prestación de los servicios integrales de salud reproductiva tenga carácter prioritario.
3.- Se plantea como parte de los servicios de salud reproductiva, la educación en salud sexual para adolescentes, con información objetiva, veraz, oportuna y basada en la mejor evidencia científica disponible.
4.- Se aborda la importancia de facilitar a las y los adolescentes espacios de acompañamiento y asesoría para decidir sobre los métodos de anticoncepción.
5.- Se definen conceptos como embarazo, objeción de conciencia, acorde a los estándares reconocidos internacionalmente en estos temas o bien se modifican nuevos capítulos títulos donde se sustituye el concepto de Salud Materna por Salud Sexual y Reproductiva, para no reducir el derecho a la salud de las mujeres a la maternidad.
La iniciativa fue ampliamente apoyada por organizaciones expertas, quienes participaron activamente en su elaboración, junto con especialistas de la Secretaría de Salud; sin embargo, la iniciativa no sólo fue frenada por el partido en el gobierno, sino que fue detenida en la Secretaría de Gobernación y su aprobación ha sido obstaculizada por una serie de absurdas resistencias de parte de los grupos más conservadores en la Cámara de Diputados, quienes se empeñan en imponer su corta visión aún a costa de la vida de las mujeres.
Son estos grupos conservadores los que insisten en legislar por encima del Estado laico, poniendo en riesgo la salud de las mujeres, criminalizándolas, obstaculizando el acceso a los servicios de salud reproductiva y sexual, y orillándolas a la muerte. Constatamos el trabajo de cabildeo que realizó un grupo de la jerarquía de la iglesia católica para que esa iniciativa no fuera aprobada.
La iniciativa fue archivada en la Cámara, por no decir que se mantiene en “la congeladora”. Actualmente parece que no se asume la responsabilidad de legislar en esta materia, desde la perspectiva de género y derechos humanos.
Lamentablemente se comprueba una vez más que “presencia de mujer, no siempre garantiza conciencia de género”.
Los derechos humanos de las mujeres todavía están presentes en la “simulación discursiva” pues en los hechos falta mucho por hacer , ya que el pensamiento conservador, ultraderechista y misógino, que prevalece en todas las corrientes políticas, no han entendido su compromiso con cada una de las mujeres de nuestro país, a quienes representan, y respondan de una vez por todas a sus obligaciones constitucionales e internacionales de garantizar efectivamente el acceso de las mujeres a servicios de salud sexual y reproductiva, adecuados y de calidad.
El Estado debe asumir, de una vez por todas, su obligación de garantizar la justicia, la salud y la vida digna de las mujeres que favorezca el derecho a decidir de manera libre, responsable y plenamente sobre su cuerpo y su maternidad.
[3] ARTÍCULO 12.- 1. Los Estados Partes en el presente Pacto reconocen el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental. 2. Entre las medidas que deberán adoptar los Estados Partes en el Pacto a fin de asegurar la plena efectividad de este derecho, figurarán las necesarias para: a) La reducción de la mortinatalidad y de la mortalidad infantil, el sano desarrollo de los niños;
[4] Miller, Alice M. “Las demandas por derechos sexuales”, en III Seminario Regional Derechos Sexuales, Derechos Reproductivos, Derechos Humanos, Cladem, Lima, 2002, p. 87.
[6] Aplicación del Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, Observación general 14, El derecho al disfrute del más alto nivel posible de salud (Artículo 12 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales), (22º periodo de sesiones, 2000), U.N. Doc. E/C.12/2000/4 (2000). Disponible en: http://www1.umn.edu/humanrts/gencomm/epcomm14s.htm.
[7] 5 Recomendación núm. 33, del Comité de Expertas de la CEDAW al gobierno mexicano en agosto de 2006. CEDAW/MEX/CO/6
Nacer, ser niña, crecer y ser mujer, como se dice popularmente, “aquí y en China”, es todo un reto.
Desde mi experiencia, al nacer en una familia con un padre machista, golpeador y otros “atributos” que tenía el señor, resulté “una vieja”, y aunque su güera nació, él quería que mi madre se embarazara pronto para tener un niño. Doña Mago (como ahora le dicen a mi madre), una mujer siempre decidida e independiente, no era lo que él quería para vivir en pareja, así que ella terminó por irse y llevarme consigo.
Ser niña e hija de una madre soltera que sale a trabajar y al hacerlo te deja al cuidado de la vecina -“ahí le echa un ojo”- te hace volverte independiente, haces una parte del autocuidado, aprendes a realizar esas actividades que en algún momento yo odiaba hacer, ese trabajo que se cree que tiene género, una etiqueta que pareciera que tiene dueña, el trabajo doméstico.
A los 13 años vives la adolescencia, es la etapa donde la situación o los problemas que están pasando en el entorno, en la familia, “con los de adultos” como yo les llamo, ya no eran del todo de adultos, ahora eran también míos. Esto cambiaría y definiría mi futuro, que era el de trabajar para solventar los gastos de escuela, personales y también aportar a los gastos de la casa. Pero: ¿una menor de edad tiene que trabajar? ¿En qué puede trabajar una adolescente? ¿Qué sabe hacer a esa edad? ¿Acaso no es responsabilidad de un adulto cuidar y proveer las necesidades de una adolescente?
Todas esas preguntas yo no las cuestioné en su momento sino hasta hace 16 años, hasta que supe que el trabajo infantil está prohibido, hasta que supe identificar que yo me desempeñé en la informalidad del trabajo doméstico remunerado, alternando con la maquila en la costura, y aquí no termina el reto.
Hoy en día, el sector informal es aproximadamente el 57% de la población ocupada en México, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE). Dentro de este porcentaje se contempla a las más de 2 millones 480 mil personas trabajadoras del hogar que somos a nivel nacional, que podríamos poblar un estado del tamaño de Tabasco. El 90% somos mujeres, quienes laboramos de manera discriminada por parte de las leyes mexicanas que no nos reconocen y no ratifican el convenio 189 de la Organización Internacional de Trabajo (da click aquí -> convenio 189 de la OIT), y discriminadas hasta por la misma sociedad que por si fuera poco nos llama con nombres despectivos.
No, no nos ponemos en el papel de víctimas, sino en el de mujeres que ya no queremos ser invisibles; nos duele que nuestro trabajo no sea reconocido, que el trabajo del hogar no se vea como un trabajo como cualquier otro, con una remuneración justa, como un trabajo digno -como lo dice la OIT-, con todos los derechos laborales; por ejemplo con seguridad social en el régimen donde contemos con una instancia o lugar seguro donde podamos dejar a nuestros hijos a cuidado, para que no sea “irónico” que las trabajadoras del hogar cuidamos de una persona en el trabajo y dejamos a los propios a su suerte. Esto en lo laboral… ¡pero falta más!
Como mujeres, vivimos el acoso sexual en el trabajo y lo más común es en el transporte público. Tenemos que lidiar con los estigmas y etiquetas sociales; a la costumbre de que una mujer tiene que casarse, con un hombre, y tener hijos, si no te quedarás para vestir santos, solterona. O para que eso no suceda, por lo menos tener un hijo para no quedarse sola, ¡como si el papel de las/os hijas/os fuera el de acompañamiento! El derecho a decidir, por ejemplo, a no casarte por circunstancias del destino o el simple hecho de no querer; decidir no ser madre, decidir vivir en pareja del género que tú quieras ¡ah! Porque déjenme decirles que a mis casi 42 años no me he casado, ni he tenido hijos y porque por ahora no me han visto con novio, se dice que seguro soy lesbiana.
Por suerte, porque se alinearon los astros o porque así era mi destino, nos encontramos desde hace 17 años, Marcelina Bautista (quien fundo CACEH) y yo; con quien participo desde entonces como activista, promotora y defensora de los derechos humanos laborales de las trabajadoras del hogar. En los últimos dos años ella y yo representamos en una Secretaria General Colegiada a las trabajadoras del hogar de SINACTRAHO (Sindicato Nacional de Trabajadoras y Trabajadores del Hogar). También trabajo para una familia en la cual fui colocada a través de CACEH, en donde por primera vez se me reconocen mis derechos laborales y ahora, desde el sindicato, tenemos una relación laboral con un contrato de trabajo donde por escrito se especifican los derechos de mi empleadora y mis derechos y obligaciones como trabajadora.
Aprovechando el espacio, quiero hacerles mis cómplices para el cambio y reconocimiento hacia las trabajadoras del hogar, invitándoles a que si tienen trabajadoras o trabajadores en su hogar firmen un contrato (ya sea para alguien de planta o alguien de entrada por salida) porque como dice el slogan de Hogar Justo Hogar: “El país que queremos comienza en casa”, y también nuestro slogan de la campaña de firma de contratos “Por un trabajo digno por ti, por mí y por todas mis compañeras”.
Nos quisieron aleccionar, avergonzarnos, hacernos sentir culpables, paralizarnos por el miedo, por la indignación, por la vergüenza, por la bronca y la rabia, hasta nos tiraron a la hoguera, nos prendieron fuego por Putas.
Fueron infinidad de veces, tantas que nos cuesta recordar cuando fue la primera vez.
Nos llamaron Putas por encarar a el chico que nos gustaba, Puta ante un NO, Puta por hacer uso del espacio público, Puta por haber tenido relaciones sexuales con varios chicos, Puta por pintarnos los labios de rojo, por calzarnos una minifalda e ir a bailar, Puta por no tener miedo, por disfrutar de nuestra sexualidad, Puta por abortar, Puta por no cumplir con las normas establecidas, esas que nos quieren dignas, esas que nos prefieren buenas.
¿Quiénes son las mujeres que tratan de descalificar detrás del insulto? ¿Por qué tanta resistencia en acallar esas voces, en tutelar esos cuerpos?
Si ‘Puta’ es la palabra que se utiliza como un insulto, es porque hay todo un colectivo de trabajadoras sexuales cuya actividad ejercida esta estigmatizada. No por nada a nadie se le ocurriría apelar a otro mercado laboral como un insulto.
¿Quiénes somos las Putas: Puta es la que sólo cobra por su sexo o Putas somos todas aquellas que nos salimos de las normas establecidas social y culturalmente?
Puta es la que disfruta su sexualidad libremente sin importar lo que piensen los demás de ella.
Puta es la que decide ligarse las trompas y renunciar así a la maternidad.
Puta es la que decide estudiar en vez de casarse y tener hijxs o quedarse dentro del hogar.
Puta es la que se rebela a que alguien la mande y la domine.
Puta la que se va de su casa en búsqueda de su emancipación.
Puta es la conflictiva, la que se pinta los labios de rojo, la que no busca amor, sólo pasarla bien.
Puta es la que se viste como se le dé la gana y sale a la calle a disputar el uso del espacio público.
Si Puta es la que se sale de las normas, entonces Putas somos TODAS.
Y esa rabia que nos invade cada vez que nos tratan de descalificarnos debemos hacerla propia, debemos darle un sentido de disputa, de apropiación. Apropiarnos de la injuria, del insulto, de la descalificación.
No podemos permitir que el patriarcado nos gane y siga avanzando en esta sociedad machista y patriarcal, no debemos ceder ante quien nos quiere ver humilladas y de rodillas.
Es una actitud de resistencia feminista sacarle la carga peyorativa, negativa y llenarla de reivindicación y orgullo.
Llámame Puta que ya no duele o duele pero menos que antes.
Grítame Puta y lejos de herirme, me sentirás plena, me verás entera.
Decime que parezco una Puta y te responderé que sí , que soy la más Puta de todas.
Ahora el estigma que antes me perseguía me pertenece, es tan mía como yo de ella, llámame Puta que ya no duele, decime Puta que es parte de mi identidad política.
Y una vez que me logré quitar la mochila de culpas que cargaba sobre mis espaldas, le di rienda suelta al deseo sin detenerme en lo que opinen lxs demás, porque aprendí a ser libre, porque Puta es la que cobra por su sexo pero también la que trata de vivir libremente en esta sociedad machista y patriarcal arriesgándose cada día.
Basta de regalar nuestra identidad, ya hemos regalado demasiado, nos reapropiamos de la injuria y del insulto. Sí somos TODAS Putas y a mucha honra y con mucho orgullo.
No quiero hacer adultsplaining –el primo con dolor de pies y deudas en la tarjeta de crédito del mansplaining y del whitesplaining–, pero qué pedo con la discriminación hacia las niñas y a los niños (a partir de ahora lxs niñxs, aunque los haters del lenguaje inclusivo lloren mientras abrazan su Diccionario de la Real Academia Española)Leer más
Tengo el mejor trabajo que pude haber tenido: ¡soy comentarista deportiva! Lo he sido siempre, aunque de manera oficial y remunerada desde hace 17 años, o sea, mi carrera nació con el siglo.