De hilos, madejas y telares – Heike Söns

Por Heike Söns

Intentar escribir sobre maternidad es todo un reto. Primero, porque no hay subtema que no haya sido tocado y retocado aquí y allá: de la varicela a la lactancia, y del feminismo a la “guerra de las madres”. Y, segundo, porque —para ser bien franca— ni yo misma logro organizar en mi mente lo que significa en mi vida “ser mamá”.

A veces estoy convencida de que es un “todo” que ha engullido el resto de lo que soy. Pero a veces creo que es un recipiente en el que puedo colocarme. Termino por no saber qué es lo que cabe en qué.

No sabría de qué otra manera empezar a deshilachar esto que se me anuda en el corazón, el cuerpo y el alma cada vez que me pregunto qué significa, para mí, “ser mamá”.

El hilo más obvio, ese que cuelga simplón, dicta: “tener hijos”. Y de ahí, se va enredando con miles de otros hilos, madejas enmarañadas, rollos perfectamente acomodados en sus carretes, brillantes e inamovibles como el pelo engominado de los niños que se apresuran para ir a la escuela en las mañanas.

Un hilo. Dos. Tres. Todo termina envolviéndolo todo, sobre sí mismo. Imposible deducir qué es el “adentro” y qué es el “afuera”. Gira, se vuelca, se cruza con nudos apretujados y necios, y luego ese mismo hilo —que cambia de color en el camino— corre libremente como si nunca en su vida fuera a toparse con un botón que lo atrapa, una aguja que lo ensarta, un final.

Así es como mejor puedo describir mi maternidad. Mi “yo-mamá” que se confunde, pero no, con todo lo demás que soy, que fui, que quiero ser.

La puntada inevitable, la del pasado, la de ese yo que pudo haber sido, que… ¿existe todavía? Ese techo de cristal que quiero romper, esa oficina que añoro y a la vez detesto por no poder ser conmigo en esta nueva etapa. Las escalofriantes cifras de discriminación a las que hemos hecho uso del útero (el del cuerpo o el del alma), las exigencias de una economía que nos demanda hacerlo todo, lograrlo todo. Y sin llorar, por favor. Punto de cruz.

Ese mismo hilo es el que borda en mi corazón esas palabras que quiero darle a mi hija como un racimo de esperanza. Es un bordado cursilón: flores, hojas, ramas, pájaros cantores decoran cada letra. “Sé buena, sé compasiva… pero no confundas la bondad con la sumisión. Ahí está la chingadera”, me dan ganas de decirle. Ese es el detalle oscuro del calado. Un día se lo diré, cuando le regale su propio Chingonario.

Hay también hilos que construyen otras cosas que ya nada tienen que ver con el universo de las hebras. Telares imponentes que trabajan sin detenerse, maquinarias que se han echado a andar para que este proyecto de “la maternidad” medio salga a flote (a veces siento que apenas lo logra). Redes, unas más robustas que otras, que van haciendo hamacas, en las que uno puede caer, recaer… y a veces hasta tomarse un momento para sentir la brisa. Estos telares, he descubierto, es lo que necesitamos para vivir. Vivir. No sobrevivir.

Escribir sobre maternidad… A estas alturas, estoy convencida de que es imposible hablar de ella sin hablar de todo lo demás. Es curioso cómo las madres, las mismas en las que cabe la vida misma, a veces parecen no caber en ningún lugar.

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