La Hermana Sádica
Todo comienza cuando alguien me pide un texto o me invita a dar una clase o me confirma una entrevista de trabajo: me pongo nerviosa, me sudan las manos, me asaltan las dudas.

Viejerío. m. Las mujeres en conjunto, reunión de…
Todo comienza cuando alguien me pide un texto o me invita a dar una clase o me confirma una entrevista de trabajo: me pongo nerviosa, me sudan las manos, me asaltan las dudas.

Por Mónica Huarte
¿Qué pasa por tu cabeza y por tu corazón a los 40 años cuando te sientes satisfecha con tu vida pero cuando te das cuenta que lo que has perseguido todo este tiempo es importante pero no es lo realmente importante, que hay mucho más y que se necesita algo más que valor para irlo a encontrar? Tal vez en secreto lo preguntas, tal vez llevas toda la vida haciendo algo que te gusta, que te hace feliz, pero de pronto te detienes un momento y te preguntas si tu paso por el mundo ha tenido sentido, si tu vida va hacia donde querías, si las decisiones que tomaste fueron las correctas, si es momento de dar la vuelta al volante o si sigues por el mismo camino. Para muchos es mejor seguir adelante sin cuestionar, mucha gente lo hace, da miedo hacer un balance, pero una vez que lo haces y encuentras que falta algo, que no tienes tan claro qué es pero que necesitas irlo a buscar, no puedes dar marcha atrás.
Llevo 20 años dedicada a mi carrera como actriz, estoy orgullosa de lo que he logrado, he decidido dedicar mi vida al arte y me ha dado satisfacciones indescriptibles; sin embargo, a pesar de tener aparentemente todo lo que necesito, un día desperté y me di cuenta que lo que sé hacer –actuar- no es suficiente, que necesito más, que en eso me he entretenido pensando que es lo más importante por ser mi pasión y por tener que ver con un diálogo sensible con el corazón de otras personas, pero de pronto entendiendo que la vida no es sólo lo que hacemos, por noble que sea, la vida tiene más que ver con los seres humanos que decidimos ser día con día y la manera en que conectamos con los demás.
En medio de todas estas reflexiones decidí pasar mi Semana Santa haciendo algo muy poco convencional que no tuviera que ver con mi pasión aunque indirectamente me conectaba con la vida, que es el material inagotable del actor. Muchos hombres se compran una moto o se ligan a una mujer más joven para superar la crisis de la edad, muchas mujeres se operan el cuerpo y la cara para sentir que el tiempo no ha pasado y para no pensar en lo que cada arruga en su rostro tiene que decirles. Yo tenía preguntas existenciales que hablaban de una crisis, me preguntaba: ¿cuál es el verdadero sentido de la existencia?, ¿para qué exactamente estoy aquí?, ¿cuáles son los retos a los que me quiero enfrentar?, ¿cómo puedo ser un mejor ser humano para este mundo en crisis? Con todo esto en la cabeza decidí enfrentar mi inexplicable crisis ontológica de la manera en que me parecía lógica aunque para el mundo entero fuera una locura: decidí irme a Nepal y subir 62 kilómetros de montaña desde Lukla hasta el Campamento base del Everest. Sabía que ese era un viaje interior, que la montaña me iba a confrontar y a dar respuestas pero nunca imaginé que lo haría de la manera en que lo hizo.
La montaña es una metáfora de la vida y cada montaña tiene su manera de hablarte. Empecé a entrenar subiendo el Pico de Humboldt en el Nevado de Toluca, desde ahí comenzó la aventura, me retó pero fue inmensamente gozoso descubrir paisajes hermosos, se empezó a convertir en una adicción. Siguieron dos ascensiones al Iztaccíhuatl hasta el llamado ‘refugio’ que está a 4,780 metros y empezó la montaña a dar lecciones claras. Estas fueron mis primeras conclusiones que obtuve como un primer acercamiento del gran parecido entre la montaña y la vida:
Con todo eso en mente llegó el día de viajar a Nepal. El vuelo dese México fue de 40 horas entre las horas de vuelo y las de espera. Salí un martes y llegué el jueves en vuelos de México – Houston, Houston – Dubai y Dubai – Katmandú. Pasamos un par de días en Katmandú para adaptarnos al cambio de horario, comprar las últimas cosas que nos hacían falta para el trekking… ¡y empezó la aventura!
Lo primero fue volar en avioneta a Lukla (que por suerte hasta que aterrizamos me enteré que era el aeropuerto más peligroso del mundo porque tiene tan sólo 450 metros de pista). En ese vuelo mis ojos empezaron a ver los paisajes más hermosos y algo dentro de mi sentía la excitación que se siente cuando estás a punto de vivir algo inolvidable.
Ese mismo día caminamos de Lukla a Phakding, alrededor de 7.5 kilómetros. Todo iba perfecto en el primer día: buen humor, el cuerpo al 100%, paisajes bellísimos, el clima fresco pero rico… Esto pintaba para ser increíble. Llegamos a Phakding, un pueblito hermoso, pasamos la primera noche ahí en uno de los cuartitos de madera que tienen las casas de té. No dormí. Pasé mucho frío en la noche, tenía los pies congelados y por más que me tapé con cuatro capas de ropa no fue suficiente, pero eso no iba a detenerme de ninguna manera, ni a mermar en mi ánimo; tal vez era la excitación del viaje, una temperatura distinta a la que estoy acostumbrada, al estar en un lugar tan alejado a lo conocido no le di importancia. Al día siguiente decidí empezar feliz de estar en esta aventura y con todo el ánimo de seguir adelante. El trayecto fue de Phakding a Namche Bazaar, un recorrido de 9.4 kilómetros subiendo 830 metros de altura con algunos puentes colgantes en el camino, la naturaleza en todo su esplendor y las primeras vistas de las montañas que conforman la cordillera del Himalaya. ¡Una verdadera belleza! Aunque fue exigente la subida, realmente el voltear a ver la naturaleza a mi alrededor lo hizo gozoso y enormemente disfrutable. Ahí me di cuenta de que en la naturaleza están siempre las respuestas que necesito, que mi necesidad de correr en México a los Viveros de Coyoacán o escapar a La Marquesa no eran más que el deseo del contacto con la verdad que estaba buscando. Y ahí en medio de la montaña en Nepal, volteando a mi alrededor, me di cuenta que mi sonrisa la provocaba la intensidad del verde de los campos de trigo, que la melodía del sonido del viento moviendo las copas de los árboles era lo que hacía cantar a mi corazón y la fuerza del cauce del río lo que me inspiraba y me hacía entender que tengo todo lo que necesito, que mientras me siga conmoviendo hasta las lágrimas el paisaje de una montaña y me siga emocionando ver un árbol lleno de flores rodeado de pinos es que estaba en contacto con lo verdaderamente importante de la vida, todo lo demás se reduce a la hermosa invitación de la naturaleza a aprender de su sabiduría.

Llegué en éxtasis a Namche, mi condición física perfecta y mi estado de ánimo inmejorable. Ese día dormimos en Namche y al día siguiente nos volvíamos a quedar ahí para hacer aclimatación, que es cuando permaneces a cierta altura para que el cuerpo se acostumbre. Estábamos a 3420 metros. Al día siguiente subiríamos a Khunde Village que está a 3790 metros, y a Khumjung a 3970 metros, y pasaríamos tiempo en el view point de donde se verían las montañas más importantes y uno de mis lugares favoritos de todo el viaje y volveríamos a bajar a Namche para pasar la noche ahí y al día siguiente caminar hacia Tengbuche.
En el grupo éramos cuatro personas más dos guías y dos porters, que son las personas que cargan el equipaje. Llegando a Namche Bazaar, José y María (estos eran otros, no los de la Biblia) decidieron no seguir adelante con la idea de llegar hasta el Campamento Base del Everest porque sintieron que en estos dos días de subida por las montañas el camino estaba resultando demasiado demandante, así que ellos se quedaron en Namche con un guía y nosotros con el otro. Así que de los ocho que éramos en total nos dividimos en cuatro y cuatro.
Hicimos la aclimatación y al día siguiente fuimos hacia Tengboche, mi camino favorito de todo el trekking, porque por fin estábamos viendo algunas de las hermosas montañas de la región Khumbu: Thamserku, Kantega, Ama Dablan, Lotse ¡y las primeras vistas del Everest! ¡Además fue mi favorito porque de un momento a otro la montaña se convirtió en un bosque! Uno hermoso, frío y misterioso como son los bosques, pero con ese olor húmedo que te invita a adentrarte. Subimos a 3870 metros y caminamos 11 kilómetros. Llegamos y había tanta neblina que no pudimos conocer el lugar hasta el día siguiente que fuimos a un hermoso monasterio budista a escucharlos meditar. Caminamos rumbo a Dingboche y ahí empezó la montaña a retarme y a hablarme, tal vez más rudo de lo que esperaba pero dándome lecciones claras. Todo iba bien, lo único que sentía era un poco de cansancio porque no estaba durmiendo bien (cuando estás a cierta altura recibes menos oxígeno y el cuerpo como alarma se despierta constantemente como medida de emergencia). Sin embargo estaba contenta, mi cuerpo estaba respondiendo a pesar de la falta de sueño pero empecé con tos, discreta al principio pero constante. El guía, al llegar a Dingboche, me consiguió unos jarabes, habíamos caminado 10 kilómetros y subido a una altitud de 4330 metros, pensé sería algo pasajero. Esa noche conocí a Ricardo Peña, un mexicano que vive en Estados Unidos y que iba a subir hasta la cima del Everest. ¿Qué probabilidades hay de que encuentres a un mexicano en Nepal y que justo dos días antes haya visto una de tus películas? Creo que muy pocas. Fue un encuentro mágico y muy inspirador.
Esa noche no dormí de nuevo, la tos empeoró; me preguntaba por qué siendo tan sana, justo en la montaña, me estaba sintiendo mal. Al día siguiente nos tocaba aclimatación, subir a 4600 metros y volver a bajar. El cansancio acumulado, el frío y la tos que estaba empeorando fueron el aliciente perfecto para que la mente hiciera de las suyas. Me la imagino siempre como un muppet metiéndote ruido para hacerte desistir, ¡pero mi pobre muppet no sabía con quién se estaba metiendo! Durante el trayecto fui desarrollando una serie de estrategias para mantenerme enfocada y no dejarme vencer. Se las comparto porque ese muppet lo tenemos todos y estas estrategias son aplicables a cualquier situación:
Esa mañana de aclimatación subiendo la montaña, confieso que a pesar de que intenté aplicar todo lo anterior, el muppet por poco me gana la batalla. Mientras subía empezó su voz a decirme: “¡Mónica, no dormiste NADA!”, “¡Mónica, estuviste tosiendo toda la noche con los pies congelados!”, “¡No creo que sea buena idea subir a 4600 metros, déjalos que se vayan ellos y tú regrésate a dormir!”, “Qué aclimatación ni que payasadas!” “Además no has estado comiendo bien así que de dónde vas a sacar energía?” (En la montaña el apetito disminuye considerablemente, tienes que forzarte a comer). Mientras esto sucedía en mi mente, mi cuerpo seguía subiendo la montaña en cámara lenta, como si me hubieran robado la energía. El muppet seguía: “Ya, aquí entre nos, ¿en qué momento te creíste que eras montañista?”, “Con tres días de entrenamiento en el Nevado y en el Iztaccíhuatl creías que podrías con esto”, “¡Imagínate lo rico que estarías durmiendo en tu camita en México!”, “¿Nepal? ¡Estás en el otro lado del mundo! Y si tú tos se pone peor?”, “¿Qué vas a inventar después, Canotaje en el Tigris?”
Nuestro guía me vio y me cargó la mochila, no podía ni voltear a ver las montañas, mi cuerpo ya no daba más. Me acordé de la cantidad de gente que me quiere para callar al muppet pero no lograba cambiar la energía hasta que el guía me dijo: Why don’t you repeat a mantra like yesterday?Maybe that’s going to help. Y le dije: Yeees! That’s what I need! Así que recordé que alguien me escribió en Facebook que repitiera el mantra “I am” y lo hice, y como magia me empecé a energetizar y a subir sin parar hasta llegar a los 4620 metros.
Al día siguiente el trayecto fue de Dingboche a Lobuche que tiene una elevación de 4920 metros, 10.7 kilómetros y registrado como una de las partes más difíciles de todo el trekking, para mí lo fue. Un trayecto de cuatro horas lo hice en siete porque mi cuerpo iba cada vez más lento, me sentía mal, extraña, desenergetizada, pero faltaba un día para llegar al campamento base del Everest, lo tenía que lograr. En un momento empecé a ver puntitos blancos y me tuve que sentar, sentía que me iba a desmayar. El guía me dijo que la altura me estaba afectando, que lo recomendable era regresar. Le dije que me iría lento pero que no podía no llegar, me dijo que si me pasaba algo sería su responsabilidad y que la mayoría de las personas mueren en esa subida por la altura y la elevación del camino. Yo estaba segura que nada me pasaría, que efectivamente mi cuerpo estaba resintiendo fuertemente la altura pero era simplemente cuestión de ir más lento. Logré llegar a Lobuche, pasé mala noche, tosiendo y escuchando un ruido extraño en mi pecho.
¡Al día siguiente era el día! Despertamos con la noticia de que nuestro porter estaba enfermo, la altitud le había afectado y tenía que ir un helicóptero por él. No era juego eso de la altitud. Esperamos a que llegaran por él y lo vimos irse en un estado delicado. Caminamos a Gorakshep, ese camino fue de los escenarios más bellos, todo nevado y rodeado de montañas y cruzando el glaciar Khumbu y el glaciar Changri, mi cuerpo trataba de agarrarse de esa belleza para seguir, para no darse por vencido, pero costaba trabajo. Llegamos a Gorakshep a 5140 metros, no sé ni cómo llegué pero llegué y no podía más, pensé que era un riesgo subir a el campamento base que estaba a 5364 metros, que todo mi cuerpo me estaba avisando que la altitud me estaba cayendo mal, que era peligroso seguir pero una voz en mi cabeza necia decía: “¡Ya estás aquí! Has caminado 67 kilómetros! No puedes no hacerlo, no puedes no llegar, cómo te vas a sentir si no lo logras”. El guía me preguntó: ¿estás segura de que quieres ir? Le dije “¡Sí!, sí quiero!” en voz muy baja por lo mal que me sentía. Me sugirió la ayuda de un caballo por unos kilómetros para llegar al campamento por lo lento que estaba caminando y porque si iban a mi ritmo llegaríamos demasiado tarde. Me subí al caballo, fueron unos pocos kilómetros los que bajé con su ayuda, me bajé del caballo y como pude caminé, con las piernas fallando, con lágrimas en los ojos de frustración por no estar al 100%, con muchas preguntas en la cabeza de si estaba o no haciendo lo correcto, con una debilidad extrema y con un coraje que me impulsaba a seguir. Llegué al campamento base como llega un náufrago a la orilla después de meses de estar en altamar. Lloré, lloré mucho, sentía que era una victoria pero que el precio había sido alto. Caminamos por el Glaciar, vimos a los que realizarían la expedición de subir hasta la cima del Everest en sus tiendas de campaña, nos tomamos fotos con la bandera mexicana y nos abrazamos por lograrlo.

¿Qué significaba lograrlo? ¿Era esto una victoria para mi ego o realmente una hazaña de la cual sentirme orgullosa? ¿Es posible que esta experiencia tan extrema había sucedido así para recordarme lo valiosa que es la vida y el sinsentido que es estar en crisis cuando posees lo más importante? ¿Qué precio pagaría mi cuerpo por llevarlo al límite? La última respuesta la obtuve a la mañana siguiente, desperté y me sentía lo peor que me he sentido en toda mi vida. Me tomaron el nivel de oxigenación y estaba en un 40% (70% ya es peligroso), mi vista estaba completamente nublada, un dolor de cabeza terrible y muy poca energía. Me conectaron de inmediato a un tanque de oxígeno y realmente no entendía por qué me había pasado todo esto. ¿Qué me estaba diciendo toda esta experiencia? ¿Por qué la montaña en su última etapa había sido tan dura? Otro guía me escuchó respirar y se dio cuenta que tenía agua en los pulmones, edema pulmonar. Decidieron que un helicóptero tenía que ir por mí de inmediato para llevarme al hospital pero el clima estaba tan malo que no podían salir a rescatarme. Era urgente bajarme de altura así que me subieron a un caballo, con nieve, bajo la lluvia y con frío, me agarré como pude pensando que lo más absurdo sería morir de una caída de caballo así que me tenía que agarrar con la poca fuerza que tenía con todo mi ser y así nos fuimos primero a Lobuche, pero me seguía sintiendo demasiado mal así que bajamos hasta Pheriche, a 4240 metros, pasamos la noche ahí. El dolor de cabeza hizo mi noche insoportable, lo único que hice fue llorar toda la noche, lloraba de cansancio, de angustia, de dolor, de preocupación, de frustración y de sentir que había logrado una meta pero que el precio había sido demasiado alto. Al día siguiente llegó el helicóptero por mí y me bajó a Lukla, era tan grande la cantidad de gente que estaba mal que nos hicieron esperar una hora y otro helicóptero me bajó hasta Katmandú directo al hospital donde me tomaron una placa, me tomaron el oxígeno, sangre, pulso y determinaron que efectivamente mi pulmón tenía agua y era urgente darme antibiótico y nebulizaciones para mejorar mi estado. A la mañana siguiente, después de otra placa, me pidieron permanecer en el hospital porque aunque el agua disminuía aún no estaba lista para irme. Salí al tercer día, tuve tiempo de recuperarme en Katmandú y aquí estoy de regreso en México totalmente recuperada y procesando aún toda esta experiencia.
Lo que pienso ahora es que la vida es realmente una rueda de la fortuna, un día llegas al campamento base de Everest y te sientes invencible, y al día siguiente estás sentada con un tanque de oxígeno sintiéndote miserable: esa es la vida, hay que entender sus subidas y bajadas y vivirlas sin juicio porque tal como es, es maravillosa.
Me hubiera encantado bajar perfecta después del campamento base y agarrar fuerza en el camino y sólo contar que lo más difícil fue conseguir la meta pero lo más difícil irónicamente vino después pero nadie habla de eso. Nadie habla de cómo se siente un boxeador al día siguiente de ganar su título, nadie pregunta lo que vive un astronauta al regresar a la tierra, nadie imagina lo que vive una actriz en la soledad al día siguiente de ganar un Oscar porque a todos nos gusta dejar la imagen de éxito, dejar el final de “vivieron felices para siempre” como en los cuentos de hadas, pero entiendo en este momento que toda fortaleza tiene su fragilidad, que los triunfos tienen detrás esfuerzo, lágrimas, momentos de frustración y vulnerabilidad y que a veces es la bajada la que te pone en perspectiva y dimensiona lo alcanzado.
Hoy agradezco infinitamente que estoy aquí en este mundo todavía un rato más, yo estaba buscando desesperadamente algo que le diera sentido a mi paso por el mundo sin saber qué era y ahora me doy cuenta que he tenido todo el tiempo lo más valioso que se puede tener, la vida, y que es importante ser responsable con ella. Después de esta experiencia lo valoro todo, desde la respiración y el oxígeno que entra a mis pulmones hasta la temperatura de mi cuerpo. También me fui a buscar eso que era más importante que lo que estaba haciendo con mi vida y lo encontré. Encontré que mi paso por el mundo tiene sentido, que es importante que yo siga aquí, que cada día es un regalo, que la vida es frágil y nada, absolutamente nada es más importante que cuidarla. Descubrí que no necesito hacer actos heroicos para saber que lo que yo soy es suficientemente valioso y lo que hago también. Encontré que es importante soltar la necesidad de tener todas las respuestas porque la vida tiene su manera de hacértelas entender a su paso y, sobre todo, encontré que lo más importante es agradecer tanto la cumbre como el valle porque en los dos está la belleza de la vida.
Por Julieta Fierro
Tengo casi 70 años y participé en un movimiento cuya intención era mostrar que trabajar fuera de casa, en cualquier puesto, con un buen salario, iba a hacer libres y más felices a las mujeres. Para darles una idea, cuando era joven había países “civilizados” como el Reino Unido donde, por ley, las mujeres ganaban 30% menos que los hombres por realizar el mismo trabajo en la maquila de la industria automotriz. Casi no había mujeres científicas, ni en puestos de dirección. En México la tradición dictaba que las chicas se debían preparar para dedicarse al hogar -a lo que no me opongo si eso es lo que desean, pero pueden hacer más cuando y si quieren-.
En 1968 viví una época dónde sucedieron varias cosas. Hubo un movimiento estudiantil con ciertas demandas de las que yo no entendía gran cosa. Sin embargo, como en cualquier revolución, consideré que era el momento de reivindicar lo que yo quería: libertad. Quise libertad para usar minifalda, tener novio y poder estudiar. Eran los tiempos donde se pensaba que el comunismo brindaría oportunidades para todos: un mínimo de bienestar para que cada quien se desarrollara a plenitud. Era la época del “amor y la paz”, se conseguían con facilidad pastillas anticonceptivas y no existía el Sida. Así que me escapé de mi casa y estudié física y trabajé para mantener mis estudios ¡con ayuda de mi novio!
La lucha de las mujeres de esa época consistió en gran medida en demostrar que podíamos realizar cualquier trabajo tan bien como los hombres. Desafortunadamente, al incorporarnos a la fuerza laboral disminuyeron los salarios y ahora muchas mujeres no trabajan por placer, sino por obligación.
Si me subo al metro o voy a algún evento académico o social y miro a las mujeres jóvenes las veo cansadas. Me da la impresión de que piensan que tienen que ser buenas en todo lo que hacen, que poseen una lista interminable de labores en las que deben destacar: esposas, madres, hijas, amigas, trabajadoras asalariadas, amantes y como si fuera poco se sienten obligadas a ir al gimnasio.

Me da pena ser en parte responsable de que se sientan tan presionadas. Creo que ha llegado el momento para que las jóvenes hagan su revolución, para lograr lo que ellas necesitan. Por lo pronto lo que se me ocurre es modificar el sistema educativo para que las mujeres puedan abandonar la escuela, durante varios años con el fin de criar a sus hijos pequeños y después incorporarse a la fuerza laboral. Las mujeres vivimos más que los hombres, es francamente injusto que haya tantos candados para conseguir trabajo después de cierta edad o concluir los estudios. También es importante que haya afores para todos, incluidas las amas de casa, para que puedan ahorrar y tener una vejez digna.
Recuerdo que alguna vez iba tener una cena en mi casa y me esmeré muchísimo para que todo estuviera “perfecto”: la comida, la calidad de los vinos, las toallas de los baños, las flores, el mantel, sobre todo el mantel; imaginé a alguna de las visitas volteándolo discretamente para saber si estaba bordado a mano o a máquina. Estaba tan cansada con tanto esfuerzo que se lo comenté a mi psicoanalista. Me dijo lo siguiente: “Vamos a suponer que todo le quede perfecto. Cuando sus invitadas chismeen sobre la cena dirán que es muy fácil organizar un evento así, teniendo tanto dinero”. Con los años me he dado cuenta que tenía razón, una de las características humanas es criticar, es necesario para progresar, sin embargo duele y en ocasiones duele mucho. Pienso que esa obsesión por el hogar la aprendí de mi madre; por desgracia confundí un hogar limpio y ordenado con la felicidad. Creo que el ambiente en mi casa hubiese sido mucho más grato de haber dedicado más tiempo a disfrutar a mi familia que a limpiar.
Pero sobre todo les diría a las mujeres que lo importante es estar contentas. Que no tiene ningún sentido tener un marido, unos hijos, una casa impecable, un cuerpo esbelto, un trabajo exigente si es para quedar bien con la sociedad. Que ésta siempre las va a criticar hagan lo que hagan.
Estoy convencida de que las mujeres podemos hacer de nuestra vida lo que queramos. Vale la pena experimentar y planear y soñar en grande. No le tenemos que demostrar a nadie que somos valiosas, lo somos.
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Conoce más del trabajo de Julieta Fierro en: http://www.astroscu.unam.mx/~julieta/
Por Martha Tagle
Es posible que en algún momento hayas oído hablar de la “Economía de los Cuidados” pero quizá te pase como a muchas personas que al escuchar ‘economía’ se nos hace algo abstracto, difícil de entender y que en muchos casos la recuerdas cuando la quincena no alcanza o cuando en las noticias oyes los índices de precios, la paridad del peso frente al dólar y otras divisas, que si la inflación no crece, pero sí aumentan los precios, la gasolina, la luz… En nuestra cabeza, la connotación de economía generalmente no es buena y ya cuando le agregamos “de los cuidados” no queremos saber nada de eso.
Sin embargo, si pensamos en todo lo que tiene que suceder para salir de nuestras casas rumbo al trabajo desde que nos despertamos: ir al baño, bañarse, que haya papel higiénico colocado, agua potable, jabón para lavarse las manos, shampoo para el cabello, tener los insumos para el desayuno, incluidos los trastes lavados, ropa limpia, planchada y acomodada en su lugar, si tienes hijos o hijas revisar que las mochilas estén listas, el lunch preparado, la tarea terminada y, si toca festival, con el disfraz a la mano; además arreglarse uno mismo, peinarse, cambiarse, maquillarse y planear el camino al trabajo para pasar a tirar la basura, dejar en la primaria a la niña, llevar la ropa a la tintorería, encargar las verduras y las tortillas que recogerás por la tarde, dejar al niño en el kínder, etc.
Ahora imagina que hay un imprevisto, el que sea: que no haya papel higiénico, que el agua se acabe, que hubiera un apagón, que no haya pan para el lunch, que amanezca con temperatura uno de tus hijos, que no esté lista la ropa, que la abuelita se cayó, etcétera. Ese contratiempo, sin duda, implicaría un retraso en tu salida al trabajo y arreglárselas para tratar de no impactar en todo tu plan del día. Ahora imagina que todos los imprevistos se juntaron y que les pasó a todas las personas de tu colonia… Un caos, ¿cierto? Dejar de hacer todo lo que generalmente hacen las mujeres todos los días en sus casas tendría un impacto en las empresas, oficinas, producción y economía del país.

Valorar esas actividades, bienes o servicios necesarios para la reproducción y el mantenimiento de la vida de las personas: la alimentación, la salud, el afecto, la educación y un entorno de vida adecuado y sus impactos tanto materiales como sociales es a lo que nos referimos con Economía de los Cuidados.
De acuerdo con los datos de la Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo del 2014 del INEGI, en México las mujeres contribuyen con cerca del 60% del tiempo total del trabajo remunerado y no remunerado, mientras que los hombres con un poco más del 40%. Por lo que respecta a las actividades de cuidados, las mujeres dedican 28.8 horas a la semana, y los hombres 12.4 horas. De éste, el mayor tiempo es el dedicado al cuidado de niñas, niños y adolescentes, y a cuidar personas enfermas o con alguna discapacidad. En cuanto a las actividades domésticas, en promedio, las mujeres se ocupan de ellas 29.8 horas a la semana, frente a 9.7 horas que dedican los hombres.
Ante esta realidad, muchas mujeres deben recurrir a empleos informales, con ingresos no regulares ni remuneradores, sin acceso a seguridad social ni prestaciones, a cambio de horarios flexibles que les permitan atender las cargas de trabajo no remunerado, que como ya quedó evidenciado es un trabajo que se requiere para que camine la economía y todo lo demás. Así, este acomodo basado en una división sexual del trabajo se convierte en el origen de las brechas de desigualdad que enfrentamos las mujeres.
En este punto es importante aclarar que esta realidad no es el destino de las mujeres, ni mucho menos la “cruz que les tocó cargar”. Los cuidados de las personas tienen una dimensión social, política y económica, y como tales deben ser asumidos como un bien público en el cual el Estado (el gobierno y las instituciones) tienen un papel central, así como una importante corresponsabilidad del sector productivo y la iniciativa privada.
Desde el diseño de políticas públicas, programas, acciones, leyes y presupuestos, se debe poner en el centro que toda persona tiene derecho al cuidado, es decir, a todas las actividades y servicios que sustentan nuestras vidas y desde ahí incidir en cómo se pueden redistribuir y descargar para hacerlas más equitativas entre mujeres y hombres, y también entre el Estado y las empresas.
Es necesario visibilizar los cuidados que se han conformado como un trabajo invisible, y una economía oculta, transformar los roles, redistribuir las tareas del hogar y darnos tiempo para que hombres y mujeres podamos hacernos cargo de la reproducción social que acompaña a los cuidados de elementos no materiales como el amor, la transmisión de valores, identidades y roles, normas de comportamiento, y convivencia familiar. Todas las personas tenemos derecho a ser cuidadas, amadas, previstas, de eso depende una mejor existencia.
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Por Alma Delia Murillo
No voy a decir que soy víctima de los estereotipos de belleza femenina. Tampoco que tengo consejos ni respuestas ni una mierda.
Tengo, como siempre, un montón de preguntas. Y acaso empiezo a atisbar una simple pero poderosa certeza: el cuerpo nos rebasa en todo.
No hay causa social, exploración académica o científica ni lectura de género que lo contenga. El cuerpo sigue teniendo voluntad propia, memoria que se extiende por generaciones, emociones depositadas en sus pliegues y en sus articulaciones que quizá el mecanismo de la razón jamás entienda.
Tengo, también, una historia que contar.
Durante la adolescencia y hasta mis veintidós o veintitrés años batallé con el peso. Quería ser flaca —qué original, ya sé. Pesaba unos trece kilos más que ahora.
Con los años, las chingas de la autosuficiencia, los amores y las revoluciones hormonales, perdí los kilos que me sobraban. También descubrí las carreras de fondo, medio maratones y maratones que me ayudaron a bajar de peso y a apaciguar el trastorno de ansiedad que es mi compañero de vida.
Llegué a los treinta, en fin, con un cuerpo que más o menos me gustaba.
Pero la piel de los pechos se había hecho flácida y tenía estrías, el peso perdido cobró su factura. Y no me sentía cómoda con un montón de prendas ni al mostrarme desnuda.
Así que el deseo de ponerme unos implantes de tetas estuvo ahí hasta que, cómo no, elegí el peor momento para programar mi cirugía: salía de una relación de diez años que fue mi aprendizaje fundacional en la perrísima tarea de hacer pareja y también acababa de renunciar al trabajo de oficina para dedicarme a escribir de tiempo completo. Cualquiera con tantita sensatez habría calculado que someter al cuerpo a un cambio tal en un momento de rupturas no era buena idea. Pero como dice mi amigo el Beco, la sensatez no es mi fuerte.
Es duro constatar la facilidad con la que todos nos damos permiso de emitir una opinión sobre el cuerpo de los otros. Me sorprendió escuchar que eso de los implantes sólo era para “putas y teiboleras” en boca de intelectuales que presumían de mucha academia y apertura mental, me sorprendió también escuchar a representantes del feminismo criticar las cirugías estéticas con los argumentos más conservadores. El hecho es que todas y todos tenían algo que decir.
Recuerdo que la única persona que hizo cuestionamientos libres de prejuicios fue mi madre, esa señora que con trabajos sabe escribir su nombre pero cuya sabiduría es a prueba de fuego, tuvo preguntas en lugar de sentencias y se interesó por la parte médica y clínica: quiso saber si yo estaba segura de la decisión, me preguntó sobre las consecuencias físicas y el nivel de riesgo de la cirugía.
Durante las consultas previas con el cirujano, le expliqué de todas las formas posibles que no quería unas tetas inmensas de esas tipo copa doble D que habitan incontables fantasías y que resultan tan apropiadas para la estética porno; de una y otra manera le hice saber que sólo quería que mis senos se vieran más firmes, más redondos y que el relleno del implante al tensar la piel, camuflara las estrías.
Hicimos pruebas, se mostró muy comprensivo, muy experto y dale, llegó el gran día. Me acompañaron mi hermana y dos amigas queridísimas. Cuando desperté de la anestesia general, me dolía respirar.
Cortar y recolocar los pezones para meter por ahí el implante, estirar el tejido muscular y forzarlo a cubrir el volumen de un cuerpo que antes no estaba, es una pequeña carnicería. Programada, voluntaria, con fines estéticos, pero al fin carnicería.
Apenas mirarme al espejo supe que algo estaba mal. Me vía como Dolly Parton y no era lo que yo quería, tamañas tetazas no eran lo que había acordado con el cirujano. Que estaba exagerando, que estaba inflamada, que le diera tiempo.
Pasaron seis meses y yo seguía con dos tallas más de las que quería, el mundo entero juraba que me veía divina, que ni siquiera se notaba. Pero yo no toleraba mirarme al espejo. Esa no era yo. La talla 34 D me alteró la imagen corporal completa, me sentía gorda, amorfa, pesada, correr era doloroso.
Así que haciendo de tripas corazón, dos años después de vivir tremenda crisis de imagen corporal, de vestir colores oscuros y cuellos altos, de juntar un poco tranquilidad y de dinero —no vayan a pensar que es gratis, ja—, decidí hacer el cambio de implantes por unos más pequeños.
Recuerdo que minutos antes de entrar al quirófano le pedí perdón a mi cuerpo por la nueva tortura a la que iba a someterlo. Esta vez la operación—con otro cirujano, ético y respetuoso de mi voluntad— duró seis horas. Hubo que reconstruir el tejido completo, recortar siete centímetros de piel alrededor de los pezones porque cuando se distiende no vuelve a retraerse y fue necesario suturar con catorce puntos en cada lado.
Al despertar de la anestesia y mirarme en el espejo sentí alivio. Era yo, otra vez. La talla de mis senos hacía sentido con mi anatomía nuevamente. Lloré mucho. Lloré porque el dolor físico no debería restringir su justificación del llanto a la niñez, también los adultos necesitamos llorar cuando duele, joder. Lloré porque todo había salido bien, lloré porque estaba cerrando un ciclo de ansiedades y confusiones. Lloré conmovida con mi propio cuerpo que volvió a aguantar la paliza.
Son casi tres años luego de la segunda cirugía y vivo agradecida por haber tenido oportunidad de corregir la primera. No quiero someterme a ninguna experiencia similar, no cambio por nada la calma que recuperé cuando volví a sentir mis dimensiones equilibradas.
Sé que fue mi decisión y soy la única responsable. Pero me habría gustado que en lugar de hablarme de prejuicios, estereotipos y feminismos, alguien me dijera que escuchara mi intuición, mi momento emocional, que revisara mi identidad desde el lugar que no le pertenece a nadie más que a cada uno.
Me habría gustado ser capaz de decirme yo misma que lo de afuera es sólo ruido. Que es adentro donde está la posibilidad de comunicarse con el cuerpo y, con mucha suerte, de encontrar el goce que llega con la aceptación, con la frágil y delicada unión del yo interior con el que nos devuelve el espejo.
Por Fortuna —sí, la diosa— nunca es tarde para asomarse al paraíso que vive dentro de la piel.
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Por Sandra Lorenzano
Escuchar radio está entre mis (pocos pero deliciosos) vicios. Las noticias, música, discusiones, cuentos… la radio va acompañándome en distintos momentos a lo largo del día. Nuestra amor, antiguo y sólido, ahora está tomando nuevos bríos con el entusiasmo que me despiertan los podcast (¡¡ah!! El caos enloquecedor y fascinante de la red).
Sí, soy de una generación apasionada por la radio, pasión que en algún momento de la infancia tuvo una fuerte competidora: la televisión. Ni modo. Sí, tengo que confesarlo, soy producto de “Los Tres Chiflados”, de “Flipper” y de “Hechizada”, de “Don Gato y su Pandilla” y de “Los Picapiedras” y crecí creyendo que los productores cuyos nombres aparecían en todas ellas -Hanna Barbera- correspondían en realidad a una dulce señora que sabía perfectamente lo que los niños queríamos ver. Mi hermano Pablo y yo nos sentábamos con el enorme tarro de galletas puesto entre los dos y devorábamos Merengadas al ritmo de “Super Agente 86” o de “Skippy”. Cuando hace pocos meses él me trajo de regalo de un viaje a Japón un llaverito de Astroboy, los dos supimos que no era realmente un llavero lo que me regalaba sino un talismán que refrendaba uno de los pactos más profundos que existen: el pacto de las complicidades infantiles. Así que sí, señoras y señores, así como me ven, cincuentona y más, ando por la vida con mi Astroboy de enormes ojos redondos como buena caricatura japonesa, para no olvidarme que siempre se tienen no veinte sino siete años “en un rincón del corazón”.
La radio era otra cosa: la radio era la casa de la abuela y el noticiero de la mañana que ella escuchaba mientras tomaba mate. He hablado otras veces de esa niña que fue mi abuela, nacida en Odessa, que llegó a la Buenos Aires con apenas nueve meses y que se volvió la más porteña de las porteñas. Ella que tenía siempre la cartera llena de Sugus para repartir a los nietos, y que cada tanto hablaba en idish para que nosotros no la entendiéramos, escuchaba tangos (¡y cantaba!! “Garufa, pucha que sos divertido. Garufa, vos sos un caso perdido…”) y noticieros. La radio estaba prendida siempre. Recuerdo haber despertado en alguna de aquellas grises y frías mañanas de invierno con el murmullo tranquilizador del conductor de turno, ¿Héctor Larrea, quizás? En mi formación radiofónica, si las mañanas podían ser de la abuela, las tardes eran ineludiblemente de mi madre y de Radio Nacional. Después de almorzar, y de que nosotros hubiéramos hecho la tarea, ella se desconectaba un rato del mundo familiar, abría un libro y escuchaba un concierto. “LRA Radio Nacional”. Cuando me pongo melancólica, la sintonizo por internet, y de pronto vuelvo a tener cuatro, cinco, seis años, y la certeza de que siempre todo va a estar bien. ¡Qué ganas de volver a tener esa certeza! ¡Qué ganas de volver a ver a mamá joven que, levantando de pronto los ojos de las páginas del libro, me mira mirarla y sonriendo un poco de ladito, como sonreía ella, me dice: “Mozart. Hermoso, ¿verdad?”

La adolescencia nos volvió a traer el amor por la radio. Sobre todo cuando llegamos a vivir a México. Radio Educación, Radio UNAM, Jazz FM, Radio 590, ¡la Pantera! Uajjjjj. Toc toc… oigo Radio Centro. Radio Capital, Universal, W FM… Emilio Ebergenyi y Los Folkloristas, los infaltables “Muchachos de antes” y el tres por cuatro, más adelante El lado oscuro de la luna y Radio Alicia… Pink Floyd y la Nueva Trova, Patti Smith y Botellita de Jerez. De a poco fuimos conociendo el país, entre otras cosas gracias a la radio. A veces hasta en las fiestas sonaba. En lo mejor de “las lentas” y cuando ya te sentías en el séptimo cielo, podía llegar la voz que dijera “Haste, Haste. la hora de México”. ¡¡Querías cortarte las venas con una galletita!!
Para mí, pocas cosas hay tan mágicas como la radio, y si es en la noche, mejor que mejor. Las charlas tranquilas, casi íntimas, la buena música acompañando el final del día son un refugio cálido y familiar.
Después conocí las radios comunitarias, y las admiré. En este territorio fascinante y dolido que es América Latina, la radio ha servido para tejer lazos sociales, para ser solidarios y críticos. En este sentido, es fundamental el papel que han cumplido en crear espacios de difusión y reflexión del pensamiento comprometido; entre otros, del pensamiento feminista.
Miro con fascinación el larguísimo listado de radios que aparece en el sitio de ONU Mujeres (http://www.endvawnow.org/es/articles/1270-radio-comunitaria-.html), pienso en las luchas de las mujeres de los años 70 mexicanos: en Bertha Hiriart y Sonia Riquer con “La causa de las mujeres” (Radio Educación), en la querida Alaíde Foppa con “Foro de la Mujer” (Radio UNAM)[1]; pienso en “Tejiendo género” (Radio UNAM), y sus ¡nada menos que 200 programas! realizados hace apenas un par de años por el Programa Universitario de Estudios de Género (hoy Centro de Investigaciones y Estudios de Género). Pienso también por supuesto en las cápsulas que en ocasión del Día Mundial en contra de la Violencia hacia las Mujeres, armaron Ana Güezmez (titular de ONU Mujeres) y su equipo con el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir, y que fueron transmitidas en español y en diez lenguas indígenas. Cómo no recordar en este contexto las radios indígenas y las propuestas valientes de mujeres muy jóvenes y muy combativas en Oaxaca, en Chiapas, en Guerrero. Muchas de ellas han sufrido acoso, violencias y hasta cárcel por decir lo que piensan. En términos personales no olvido la experiencia que con el equipo de “Las otras voces” (TV UNAM)[2] tuvimos con las compañeras de Radio Ñomndáa que transmiten en lengua amuzga desde Xochistlahuaca, Guerrero.
En fin, la radio como el gran espacio crítico que es; un espacio para la transgresión, para la reflexión, para la creación de ciudadanía, y sin duda, una maravillosa herramienta para la promoción y defensa de los derechos de las minorías.
Hoy disfruto las propuestas absolutamente irreverentes y propositivas de las chavas jóvenes y comprometidas que hacen, entre otras (otros, otrxs, otres) C-Queer ( https://www.podomatic.com/podcasts/cqueer ), o “Punto Género” (http://puntogenero.org/radio/) o, Macho en rehabilitación (con Plaqueta, en Radio Fórmula).[3]
Como dicen en la presentación de “Tejiendo género”: “Porque sólo a través de la equidad podremos construir una sociedad más justa”.
Vuelvo a las tardes de mi infancia, a mamá joven que escucha la radio, me mira mirarla y sonriendo un poco de ladito, como sonreía ella, me dice: “Mujeres valientes que trabajan para construir una sociedad más justa. Hermoso, ¿verdad?”
—-
[1] Escribe Carmen Lugo: “Muy pronto el Foro se convirtió en un sitio al que llegaban denuncias y protestas, gracias al cual las mexicanas estuvimos al tanto de lo que pasaba en México y en el mundo en relación con ese movimiento de mujeres que rompía el silencio que había logrado mutilar durante siglos todas nuestras formas de expresión. Alaíde trajo al Foro a Susan Sontag, Dacia Maraini, Kate Millett y a las Marías de las Nuevas Cartas Portuguesas.” (En “Doble jornada”, La Jornada, México, diciembre de 1987).
[2] Gracias a Guadalupe Alonso en TV UNAM y a Amaranta Díaz en la Universidad del Claustro de Sor Juana por el proyecto “Las otras voces”.
[3] Gracias a Ana Güezmez (ONU Mujeres), a Marta Ferreyra (CIEG), a Rita Abreu, a las Estereotipas y a Cecilia Núñez, por la información para este texto que es parte de uno mayor actualmente en proceso.
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Por Fernanda Tapia
Definitivamente, este empresario venido a emperador ha enarbolado y sostenido dos grandes estandartes desde el inicio de su campaña: el económico nacionalista y el antinmigrante. El primero lo cumplió desde antes de asumir el poder cuando les hizo manita de puerco a dos grandes marcas de autos para que se retractaran de abrir sendas armadoras aquí en Mexicalpan de las Tunas y que las planearan mejor allá del otro lado del Río Bravo.
La primera semana de su gobierno, los 10 más ricos de su país ganaron estratosféricas sumas de dinero. Bill Gates, Zuckerman y hasta el Ing. Slim. En otros rubros no ha ni respirado: a dos horas de acabar su huateque de bienvenida desapareció la versión en español de la página oficial del Gobierno de los Estados Unidos, así como los temas ambientales y hasta un link para personas con discapacidad visual.
Como está en un atolladero y no halla cómo cobrarnos el muro -porque de una u otra forma terminarían pagándolo los propios gringos- salió con la tarugada de que se le cobraría “al narco”. ¡Vaya usted a saber CÓMO! ¿Será con retención en el SAT? ¿O LES COBRARÁ LA TANDAAAAAA? Sepa qué estén fraguando sus brillantísimos asesores.
Sin duda alguna, lo que más ha hecho retumbar nuestras conciencias son sus medidas antimigratorias y todas las que atentan contra los derechos humanos. El muro ya de por sí se opone al derecho fundamental de todo ser humano al “libre tránsito”, pero en su afán de regresar a los gloriosos años 50 y 70, este macho varado en el tiempo ha hecho que “sin abrir la boca al respecto” las facciones ultraviolentas se sientan ULTRA LEGITIMADAS. El día que se anunció su victoria tres personas con “disfraces” al estilo Ku Klux Klan rociaron gasolina sobre una chica afrodescendiente y le prendieron fuego. Salvó la vida de milagro, pero con quemaduras de tercer grado. En su primera incursión militar, un bombazo ya dejó 30 muertitos en Yemen. La mayoría mujeres y niños.
Al lanzar su “orden ejecutiva” (un miserable memorándum, como en sus empresas), las personas que laboran en migración se volvieron locas pues ésta contravenía las leyes que normalmente siguen, así que empezaron a enviar “al cuartito del por si acaso” no solo a visitantes de los siete países proscritos sino a colombianos, mexicanos, etc. Corrió a la Fiscal por oponerse a sus órdenes públicamente y hasta “la acusó de TRAICIÓN”.
Este Hitlercito rubio es de “mecha corta” y no me refiero, por supuesto, a sus genitales. No soporta que alguien le lleve la contraria y reacciona visceralmente cuan primitivo es: ante las manifestaciones en los diversos aeropuertos, donde los habitantes exigían que dejaran ingresar a los refugiados árabes, la gente de UBER empezó a dar viajes con descuento “para sacar a los manifestantes de la zona del conflicto”. La respuesta no se hizo esperar y muchas personas usuarias del servicio de taxis por celular borró la aplicación. A las mujeres quienes participaron en ese histórico evento que reunió más público que su propia investidura les contestó vía Twitter: “Toda esa gente, ¿no se enteraron que hubo elecciones? ¿Por qué no salieron a votar?”. Horas después y tras un jalón de orejas de sus asesores reculó y dijo algo así como: las protestas pacíficas son muestra de la democracia que reina en el país. Y que aunque no esté de acuerdo con sus posturas, defenderá su derecho a externarse. Otro toooono, ¿verdad? A Rihanna le hicieron público su celular privado por llevarle la contra y a Madonna le llamó asquerosa y repugnante.
En 1990 declaró para Vanity Fair: “las mujeres no deben tener objetos que puedan convertir en dinero”. Y que por ese motivo él “jamás” le compraría a Ivana (su primera esposa) joyas decentes u obras de arte”. En su libro “Trump 101” (2006) escribió: “La belleza y la elegancia, ya sea en una mujer, un edificio o una obra de arte sólo es algo superficial o algo lindo que ver”. Y ahí pensaríamos que entonces sí le interesan los seres humanos y “seras humanas” con cerebro… pero para variar cae en contradicciones. En 2013 Trump posteó enTwitter: “De 6,000 acosos sexuales no reportados en las fuerzas armadas, sólo 238 han sido sancionados. ¿Qué otra cosa esperaban, si mezclaron a los hombres con las mujeres, genios?”. O sea es lógico y normal que un varón abuse de una mujer si se les mezclan.

“The Apprentice” es un reality de empresarios en Estados Unidos que él mismo protagonizaba. Ahí, Trump consideró no sorprendentes las victorias de las mujeres en el programa, ya que “se deba a que tienen buena apariencia”. En la revista Esquire, en 1991, comentó: “Ya sabes, da igual lo que los medios escriban mientras tengas junto a ti un trasero joven y bonito”. Más adelante dijo: “Si somos políticamente correctos, podríamos decir que el look no importa. Pero la apariencia obviamente es importante”, declarando en “Last Week Tonight”. Y para acabar de poner la cerecita en el pastel de su patanería le soltó a la conductora: “Como si tú no tuvieras este trabajo por ser hermosa”.
En 2011, una abogada se la armó de tox a Trump y durante el juicio pidió un receso para poder dar leche a su bebé. Ahí sí casi le da un ataque de apoplejía a este magnate quien se levantó, se puso completamente rojo y le gritó, con peligro de escupir la dentadura postiza: “Eres repugnante, eres repugnante”. Y salió corriendo. Antes digan que el Zucaritas Zuckerberg, dueño del timorato Facebook, tan persignado y censor de los pezones y la lactancia, curiosamente se externó opositor de las políticas racistas de Trump. Claro, nomás porque él y su esposa son hijos de migrantes. También en su libro “El Arte de Volver”, publicado en el año 1997, Trump escribió: “Desde el principio tienes que dejarle claro a las mujeres qué les va a quedar si las cosas salen mal. Hay tres tipos de mujeres. La primera es la que si realmente ama a su marido, se niega a firmar el acuerdo por un tema de principios. La segunda es la que tiene todo calculado y quiere sacar provecho del idiota con el que está casada. La tercera es la que lo acepta porque prefiere dar un golpe rápido y quedarse con lo que le ofrecen”. Yo me sigo preguntando: ¿si tanto quiere a “América”, por qué se fue a contratar a una joven linda del Este? Pobre chica. No olvidemos el meme donde primero sonríe a espaldas de su marido, en la ceremonia, y cuando este se gira a dirigirle unas palabras a ella se le esfuma la felicidad. En “El Arte de Volver”, Trump aseguró que la persona que definió a las mujeres como el “sexo débil” o “era idiota o estaba bromeando”. “He visto a las mujeres manipular a un hombre sólo moviendo sus ojos… u otra parte del cuerpo”. Otro de sus twittazos escandalosos fue: “Si Hillary no puede satisfacer a su esposo, ¿cómo pretende satisfacer a Estados Unidos?”.
Según Trump, Bette Midler (actriz y presentadora de TV de Estados Unidos) es tan fea que es “ofensiva”. Lo mejor de todo es que asegura que lo es tanto, que no lo dice porque quiere ser “políticamente correcto”. Otro sapo: “Angelina Jolie ha salido con tantas personas distintas que hace que yo parezca un principiante. Por eso no me parece atractiva”, ante Larry King en 2006. A Rosie O´Donell la calificó de “animal repugnante”. En el libro “Nación Trump: El Arte de Ser Donald”, el magnate declaró que uno de los momentos del cine que más le emociona es cuando en Pulp Fiction “uno de los personajes obliga a otro a callar a su mujer a punta de pistola”.
Le sigo y tengo para rato… Según una reportera de The New York Times, cuando escribió una columna calificándolo como un “milenario con problemas financieros”, él le devolvió una copia del artículo con su cara marcada y la frase “cara de perro”. A una de las cantantes que declinó cantar en su fiesta le soltó: “Cher debería pasar más tiempo preocupándose de su familia y su agonizante carrera”. En el documental “Cómo Volverse Rico”, del 2004, Trump aseguró que “todas las participantes del espacio habían coqueteado con él consciente o inconscientemente. Es algo que podía esperarse”. Ay ajaaaa. Bueno, recordemos que llamó cerdita a las Miss Universo Alicia Machado. Y cuando le pidieron que se definiera a sí mismo, Trump dijo que era “un hombre que tiene claro lo que quiere y hace lo que sea para obtenerlo sin ningún tipo de límites. Las mujeres encuentran que ese poder que tengo es tan excitante como mi dinero”. Eso nos hace entender dónde sustenta su autoestima, misma que tras siete quiebras debe estar muy resanada.
Lo doloroso, amigas, es que si le preguntamos a muchas mujeres de aquí y de allá exactamente CUÁL es el reclamo a Trump, la mayoría NI SIQUIERA ATINAN a señalar la oposición al libre derecho de decidir sobre nuestro cuerpo, no… Mucho menos dilucidarán lo más sutil, el bordado fino. La rabia, el desdén y la negación de “humanidad” a todas las personas diferentes: mujeres, migrantes, comunidad LGBTTTI. Es tal su miedo a estar equivocado y quedar condenado a extinguirse -tanto él como su “especie”- que no puede entender que en esta época “los suyos y los otros” podemos convivir. Que hay viejas -nuevas formas, nuevos convenios sociales, otros protocolos no mejores ni peores, simplemente más respetuosos y funcionales. Y es sumamente doloroso escuchar a hermanas que aún no han despertado por vivir sumergidas en esta pecera de machismo donde comemos, respiramos, vivimos y cagamos machismo… Hermanas atadas de manos, con los ojos vendados, decir sonrientes cual la embajadora de Estados Unidos ante la ONU: “Estamos anotando los nombres de TODOS los que no están de acuerdo con nosotros”. Es decir, ¿también revivirán los “años dorados” de la persecución de pseudocomunistas logrando que se acusen unos a otras entre amigos y hermanas? Siempre temí revivir el infierno al que se enfrentaron mi padre y mi madre, mi abuela, y todo parece indicar que como dijera el escritor de Juego de Tronos: “El más duro invierno está por llegar”.
Por último, y como me explicaba mi querida Ana Francis Mor, el capitalismo es machista. Yo agregaría el comunismo estalinista es machista. Compite canibalizado por el poder, caiga quien caiga, para no perder las auto-otorgadas canonjías. Tiene trincheras, destruye. El camino ya DEBE ser otro: uno que proteja, nutra y haga florecer. Sí, el feminismo.
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