Eso que haces es micromachismo… y no lo sabes – Laura García Arroyo

Por Laura García Arroyo

Educar en la equidad puede parecer algo fácil de llevarse a cabo; sin embargo, al repasar con más detenimiento las acciones cotidianas o nuestros comportamientos supuestamente libres de ideología, resulta que estamos rodeados de símbolos discriminatorios sin darnos cuenta. Y esos gestos aparentemente inofensivos van construyendo una base que los niños ven, adoptan y luego reproducirán en su vida adulta. Esos ejemplos con los que convivimos son valores heredaros, y en algunos casos pueden estar alargando la vida de las diferencias. Ojo, inconscientemente, puedes estar incurriendo en alguno.

Soy de esas personas que recurre al diccionario en cuanto surgen dudas sobre algo, así que me lancé a consultar uno cuando escuché la palabra micromachismo por primera vez. Para mi sorpresa no existía como entrada. ¿Demasiado nueva para ocupar ya un puesto en nuestro vocabulario? Quizá no en un volumen académico, siempre más cauteloso, comedido y conservador. Pero ¿y en uno de uso? El término se pronuncia todos los días. Quise deducir su significado por la unión de sus elementos: el prefijo micro-, que significa muy pequeño, y el sustantivo machismo, definido como la actitud prepotente de los varones frente a las mujeres… ¿habrá tamaños entonces en la prepotencia?

Esta vez la aclaración llegó de la mano –de la boca, más bien- de Chimamanda Ngozi Adichie, escritora nigeriana, conocida además por su ferviente activismo en la lucha por la equidad entre hombres y mujeres, particularmente en África. Gracias a una de sus pláticas (varias de ellas se encuentran subtituladas en YouTube) me llevó a Luis Bonino Méndez, psicoterapeuta residente en España que en 1991 definía micromachismo como la conducta que sobrepone la autoridad masculina por encima de la femenina, esas ideas, acciones y comportamientos cotidianos que muestran la desigualdad y condicionan el día a día de las mujeres. Yo me atrevería además a añadir una pequeña precisión: puede ser ejercida tanto por hombres… como por mujeres. Oh, sí. La discriminación tampoco distingue géneros.

Son gestos aparentemente normales, pero no por ello dejan de ser molestos porque discriminan, porque aunque puedan parecen aceptables no deberían serlo, porque por habituales no dejan de ser injustos y porque, en algunos casos, dejan la puerta abierta a acciones más graves.

No se trata de diferencias salariales, de prohibiciones de entrada a mujeres a ciertos lugares o actividades, diferencia de trato, acoso sexual o maltrato psicológico o físico, no, esas son acciones machistas conocidas y por fin cuestionadas y denunciadas, en las que poco a poco se van dando pasos hacia la equidad. Los micromachismos son más sutiles, más invisibles, menos recriminables, pero no por ello menos merecedores de un análisis, de un foco rojo.

A veces no hay que irse lejos para toparse con esos ejemplos. El 16 de abril de 2012, la escritora británica, Laura Bates, comenzó “The Everyday Sexism Project”, un sitio web (www.everydaysexism.com) en el que se registran las entradas de mujeres que documentan las situaciones de discriminación por sexismo que han vivido, y que demuestra que el micromachismo está mucho más presente y arraigado de lo que pensamos. Yo hice un recuento de mis momentos, pregunté a mis amigas por los suyos y siguiendo el modelo de Bates saqué una lista de situaciones que parecen inofensivas pero que llevan toda la carga de la desigualdad. Aquí van algunas de ellas.

La primera fue nada más llegar a México. Y cuando digo llegar me refiero a nada más salir del aeropuerto. Venía a desempeñar una tarea laboral que había aprendido y practicado durante tres años en Madrid. Supongo que la persona que me eligió para hacerlo pensó que estaba preparada y era la idónea. Pero cuando mi jefe me vio de camino al hotel, en pleno Viaducto (¿para qué andar con rodeos o esperar a que el jet lag me dejara reaccionar?) me soltó: “Laura, tienes tres problemas –qué capacidad para conocer a alguien con solo cargar su maleta, oye-: eres mujer, eres joven y eres extranjera. Nadie te va a tomar en serio”. Fulminante. Es de agradecerse que te avisen de los obstáculos que te encontrarás en el camino desde el inicio pero en este caso estaba frita, los tres “problemas” eran irresolubles. Podría esforzarme más, dedicar más horas, intentarlo hasta lograrlo, poner en práctica todas las opciones estudiadas los meses previos, pero lo que me señalaba estaba en mi acta de nacimiento y poco podía hacer yo para cambiarlo. Me quedé pensando. No se trataba de mi edad, ni de mi lugar de nacimiento; si hubiera sido un hombre me vería como a una joven promesa que alguien había estado puliendo para venir a brillar como el futuro talento de la empresa, la bocanada de aire fresco que justo necesitaba el negocio; pero mi verdadero inconveniente era que yo era mujer y nadie creería que una mujer estuviera preparada para hacerse cargo de una responsabilidad como la que venía a realizar. Ahora me había convertido en un contratiempo. Sin abrir la boca ya estaba resultando un riesgo. Nadie me había visto trabajar ni me había permitido siquiera meter la pata. El problema radicaba en lo que les causaba mi aspecto: desconfianza.

Mis padres nos habían educado igual a mi hermano y a mí y era la primera vez que me sentía en desventaja por algo que no dependía de mí y me enfrentaba a un prejuicio que no podía rebatir. Y desde entonces puse más atención y resulta que vi más momentos similares.

Empecé a fijarme que los libros de texto o de lectura que estaban llenos de esos estereotipos que ahora me hacían arquear las cejas. Las mamás siempre salen planchando, sosteniendo a los bebés, en la cocina, cargadas de bolsas de la compra, mientras que los papás leen el periódico en la sala, manejan el coche y salen de casa con un maletín hacia la oficina. Por eso mi jefe esperaba a un hombre. Porque eso era lo que siempre había visto a su alrededor. Así pasaba también en la publicidad, donde todas las mujeres son guapísimas, están buenísimas, se mueven sexy y tienen un cabello envidiable. Y nunca tienen frío, porque siempre van con poca ropa. Pero de repente las mujeres empezaron a ocupar otros puestos, a destacar en terrenos tradicionalmente masculinos, a lograr sus sueños, que hasta ese momento ni se habían planteado intentar alcanzar. Y entonces sorprendió nombrar a profesionales como abogada, médica, arquitecta, presidenta, música, ingeniera, doctora o científica. Las niñas no solo querían vestir falda y quedarse en la grada en un partido de futbol y empezaron a quejarse de ciertos tratos que sentían como abusivos. Y los años siguieron pasando…

En los coches, ellos siempre manejan y cuando lo hacen ellas, “mujer tenías que ser” si cometen alguna torpeza, en los bares si piden una bebida alcohólica se la servirán a ellos, le preguntarán a él cómo quieren ellas el término de su corte de carne o les criticarán que coman mucho, porque ¿acaso no cuidas tu dieta?

En casa, papá siempre llega de trabajar y se sienta a ver televisión o se sirve una cerveza o prende la computadora mientras pregunta qué hay de cenar; mamá llega a la misma hora y antes de quitarse el abrigo ya ha prendido el fuego para preparar la cena, llena la lavadora para que dé tiempo a tender y secar la ropa antes de acostarse y revisa el refri para salir a comprar faltantes mientras se termina de hacer la sopa. Ellos “ofrecen ayuda” en casa o con los niños, porque esas tareas son de ellas, como si ellos no vivieran bajo el mismo techo, se alimentaran y ensuciaran igual o no hubieran participado en la concepción de las criaturas. Ellas se sentarán en la mesa siempre cerca de la cocina, para que sea “más cómodo” servir la cena y cuando su hija crezca hará lo mismo. Aunque he escuchado a amigos decir que deseaban tener niños en el embarazo porque eran más fáciles que las niñas, sobre todo si el primero fue varón, porque así con dos niños los puedes llevar al futbol juntos (no me hagan caso pero juraría haber visto a niños jugar con muñecas y a niñas pegarle divino al balón), aunque otros prefieren tener niñas porque son las que se quedan más cerca de los papás cuando envejecen (deberían conocer a mi hermano). Luego crecerán, serán miradas con lupa en lo que elijan para vestir (sobre todo si ocupan un puesto de responsabilidad) y si se tiñen el pelo a un tono rubio sus parejas podrían soltarles un “qué pendeja, pareces una puta”. Serán criticadas cuando se expresen con palabras groseras, “poco adecuadas para una señorita”, no se verá bien que tengan mucho sexo (mucho menos que lo disfruten), tendrán que batallar para ser escuchadas en público y no verán muchas heroínas mujeres en quien verse reflejadas o querer parecerse en los libros y en las películas. Si alcanzan algún logro deportivo, les costará que la prensa hable de ellas y cuando lo hagan resaltarán datos tan relevantes como quién es su padre, marido, a qué entrenador le deben el mérito de estar ahí o si tienen hijos. Los hijos. Otro gran tema. Cuando sean madres tendrán que dejar su carrera profesional un tiempo y lidiar para volverse a subir al tren laboral cuando crezcan o hacer malabarismos para compaginarlo y para cuando lleguen a ser abuelas, tendrán que ocuparse de los nietos. Si deciden quedarse solteras les preguntarán cuál es su defecto o por qué son tan pederas con ellos que no las quieren, mientras que si deciden no tener hijos se convertirán inmediatamente en egoístas que solo piensan en su bienestar (si anuncian que serán mamás… uffff ya la regaron, acaban de hipotecar su independencia por seguir las normas convencionales). Y si algún día muestran mal humor les preguntarán por su menstruación. Total, que hagan lo que hagan, siempre habrá alguien que las critique. Sobra decir que ninguna de estas situaciones serán frecuentes en el caso de que sean niños. Enfrentarán críticas, claro que sí, pero pocas estarán ligadas a su género.

No se crean, como en todo hay un lado B, pues también hay situaciones donde aparentemente la mujer sale ganando ante estas desigualdades, aunque si rascamos tantito podríamos encontrar algo de injusticia escondida ante cierta apariencia de inocencia (acotaciones entre paréntesis). Cuando un chico y una chica se conocen se espera que ellos den el primer paso, es su responsabilidad (qué desesperada o descarada parecerá ella si lo hace, mejor que espere que lo haga él, es lo correcto); en un restaurante, se da por sentado que ellos tienen que pagar la cuenta (si ellas insisten en compartirla pueden ser acusadas de “progre”); si un hombre pasea solo con un bebé en un lugar público y necesita cambiarle el pañal quizá se tope con que los cambiadores solo se encuentran en los baños de mujeres (¿qué no se lo puedes pedir a ella?); y si salen por la noche a una discoteca, seguramente encontrarán varios lugares donde ellas no pagan entrada (suele haber menos mujeres en la noche, incentivemos que vengan. O como me decía irónicamente una vez un amigo: “tú no pagas por el producto, el producto a veces eres tú”).

Etcétera, etcétera, etcétera. La lista puede ser laaaarga pero sirvan estos ejemplos para reflexionar un poco sobre el asunto, llamar la atención y quizá –ojalá- poner más cuidado en lo sucesivo. Porque la mayoría de las veces no se hace a propósito, son acciones inconscientes, pero empezar a cuestionarlo o señalarlo puede ser un buen paso, no el primero ni el último, pero sí uno que aporte al camino hacia la igualdad, la equidad y la justicia. Un mundo mejor, vaya.

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