Apuntes para futuras clarividentes – Martha Riva Palacio Obón

Por Martha Riva Palacio Obón

I

Las señales están ahí, ocultas a simple vista. Hechos aislados, memoria almacenada en fragmentos que no parecen tener relación entre sí; a veces, lo único que hace falta es dar un paso para atrás y unir los puntos para descifrar lo que de algún modo ya sospechábamos.

II

    Después de su descenso al inframundo, la voz poética de Orfeo se vuelve profética. Profética no en el sentido de que pueda adivinar los números de la lotería, sino de que enuncia las verdades más profundas del ser humano. Una voz atemporal, capaz de cambiar el curso de los ríos y conmover hasta a las mismas rocas.

III

    Hace 10 años tuve un desequilibrio hormonal muy fuerte. Amanecer un día y descubrir que compartes cuerpo con un monstruo químico. Fui al ginecólogo y le conté mi problema. Tomar al toro por los cuernos, dar el paso lógico. No me pareció que esto fuera un problema, sólo tenía que referirle lo que estaba sintiendo y él, con toda su sabiduría, me indicaría el tratamiento a seguir. No me mandó a hacerme ningún estudio, únicamente me recetó otras pastillas. Anticonceptivos. El monstruo siguió creciendo, decidí cambiar de médico pero una vez más pasó lo mismo.

    Más anticonceptivos.

    Después de un tiempo y de muchas dudas, volví a cambiar de ginecólogo. Volvió a pasar lo mismo. Me hice un perfil hormonal, me recetó otras pastillas. Sí, anticonceptivos. Durante meses estuve en una realidad paralela en la que parecía que, por más que yo intentaba comunicar lo que estaba sintiendo de la manera más racional y objetiva posible, ningún doctor me entendía. Era como si hubiera entre nosotros una barrera invisible que distorsionaba mis palabras. Y sí, llegué a cuestionarme si no estaría loca, pero -en el fondo- estaba esa certeza de que esta bomba química, hormonal, que no me dejaba ni un momento en paz, no era yo.

    Algo estaba mal con mi cuerpo.

IV

    A diferencia de lo que se cree comúnmente, el canto de las sirenas apela a algo que va más allá del deseo sexual: “Nadie ha pasado en su negro bajel sin que oyera la suave voz que fluye de nuestra boca, sino que se van todos después de recrearse con ella y aprender mucho; pues sabemos cuántas fatigas padecieron en la vasta Troya argivos y teucros, por la voluntad de los dioses, y conocemos también todo cuanto ocurre en la fértil tierra”, cantan las sirenas de la Odisea.

    Ven Odiseo, para que te hable de ti y de lo que hiciste en Ilion. Tú, que como dice acertadamente la traducción de Emily Wilson de la Odisea, eres un hombre complicado; ven y aprende, tú que eres tu propio caballo de Troya, Ulises Leopold Bloom, tú que rondas perdido por las calles de Dublín-Ciudad de México-Tijuana-Ítaca-vete tú a saber.

    El canto de las sirenas es la promesa de que finalmente podremos aprehender esa faceta de la realidad que se encuentra más allá de nuestro alcance.

    Sumergirse y perderse en el cosmos, nada más y nada menos.

V

    Como plantea Marta Sanz, no hay nada más complejo que comunicar a otros el dolor que sentimos: “Referir un dolor. Sentirlo. La posibilidad de que el dolor se apacigüe -o se agigante- si se cuenta. No saberlo explicar. Dudar decir lo que no se puede explicar de verdad existe. Experimentar la impotencia cuando se está en posesión de un gran capital de palabras que no te sirven para nada. Descender de golpe doscientos puestos en el escalafón.”

    En su libro Clavícula, Marta Sanz habla sobre La angustia, el caos, los malentendidos que surgen cuando la invade un dolor crónico, inidentificable, al que bautiza como la garrapata. Retoma las anécdotas de amigas suyas que se han visto en el mismo dilema que ella: aunque los médicos les dicen que todo está en orden, ellas saben que algo no está funcionando como debe con sus cuerpos. Fibromialgia, un fragmento de gasa que se pudre en una herida, las “enfermas imaginarias“ que al final del día resultan tener razón.

    Es el sistema el que falla:

    “Sin darnos cuenta, nos resistimos al neoliberalismo somatizándolo y nuestras somatizaciones se transforman en un interesado misterio de la ciencia.”

VI

    Toqué fondo cuando el tercer o cuarto médico me sugirió que la única forma de remediar mi desequilibrio era embarazándome. Sí, debí sospechar que ese es el tipo de consejos que da alguien con un crucifijo en su consultorio. En mi defensa, debo decir que ya a estás alturas estaba desesperada. El punto es que ahí fue donde me di cuenta cuál era el verdadero problema: mientras que yo intentaba explicarles a detalle lo que me estaba sucediendo, ellos lo único que escuchaban era “mujer soltera, sexualmente activa, cambiar anticonceptivos”.

    Por más que hablaba, ninguno de ellos me creía.

    Histeria, el útero que se desplaza por el cuerpo.

    Caí en cuenta de que, para ellos, mi voz no tenía poder y eso me llevó a cuestionarme en qué otros momentos de mi vida, en qué otros espacios me estaba sucediendo lo mismo.

VII

    En su ensayo La voz pública de las mujeres, Mary Beard dice que, en la tradición europea occidental, las mujeres han sido silenciadas desde el momento en el que Telémaco interrumpe a Penélope y le ordena que regrese a su cuarto. La voz femenina es relegada al ámbito de lo doméstico, fuera de éste, se considera monstruosa, antinatural. La única manera en la que parece aceptable que una mujer hable en público, es cuando lo hace en nombre de su padre, esposo o hijo.

    O de los dioses, claro.

VIII

    En Su cuerpo dejarán*, Alejandra Eme Vázquez describe cómo averiguó que su abuela era ventrílocua: hacía pasar su voz por la de otros para poder ser tomada en cuenta. Mi abuela materna también lo hacía y, hasta cierto punto, sospecho que yo también he recurrido al truco de impostar la voz en algún momento. Y no sólo durante mi odisea médica, sino también cuando empezaba escribir y me tocó escuchar o leer críticas que elogiaban a una autora porque sus obras no parecían haber sido escritas “por una mujer”.

IX

    Casandra, hija de Príamo y Hecuba, tiene el don de la clarividencia. Sin embargo, cuando rechaza a Apolo -dios patrono del oráculo de Delfos- éste la maldice: la princesa de Troya podrá conocer el futuro pero nadie creerá en sus palabras. A diferencia de Penélope, Casandra es silenciada no porque no pueda continuar hablando en público, sino porque su voz pierde poder y se funde con la de las demás troyanas; la clarividente suplica en vano a su padre y a los demás hombres que inmolen el caballo que aguarda ominoso al otro lado de la muralla.

X

    Deprimida, premenopáusica, histérica, paciente conflictiva, estresada, exagerada… Recibí todo tipo de diagnósticos. Al final, cuando me dijeron que debía ir con un psiquiatra, fui con uno que me recomendó una amiga. Después de escucharme, realmente escucharme, él me mandó a hacer varios estudios y me remitió con una ginecóloga que por fin me dio el tratamiento adecuado. En tres meses, se esfumó el monstruo químico y volví a ser yo.

    Además del alivio físico, sentí la satisfacción de haber comprobado que había estado en lo correcto. No por una cuestión de ego, sino por la necesidad de reivindicar mi voz y mi derecho a hablar sobre mi propio cuerpo. Parecería obvio, pero no lo es: en una sociedad en la que todavía hay muchos sectores que no reconocen que somos dueñas de nuestro cuerpo, no se considera que las mujeres tengamos la autoridad suficiente para hablar de lo que nos sucede. Adictas al dolor, neuróticas, “señoritas burguesas” (como diría Nietzsche), enfermas imaginarias, niñas eternas cuyas voces no pasan de ser un balbuceo sin sentido.

    “Es una excelente sugerencia, señorita Triggs. Tal vez uno de los hombres presentes quiera hacerla,” enuncia la caricatura de Punch que Mary Beard cita en su ensayo.

    (También a mí me gustaría prestarle unos pasadores.)

XI

    La voz de otra, de otro, es la que nos complementa y nos permite tomar la distancia suficiente para encontrar la relación entre puntos aislados y descifrar hacia donde nos dirigimos. En retrospectiva, todas las personas podemos leer el futuro hasta cierto punto, las señales de alarma están ahí. El problema es que preferimos creer que no son ciertas. Nos rehusamos a reconocer aquellas verdades que nos incomodan. Escuchar a otra persona referir su dolor, no es fácil. Siempre va a ser más fácil asumir una postura de superioridad ante quien se muestra vulnerable. Pero es nuestro delirio de omnipotencia, esta sordera selectiva que niega la otredad, lo que nos condena al eterno retorno; a la compulsión, a la repetición.

    La pregunta que necesitamos hacernos es: ¿cuántas veces más dejaremos arder Troya antes de hacerle caso a Casandra?

*Pueden descargarlo en el sitio de Kaja Negra.

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