Historias de ida y vuelta – Saraí Campech

Por Saraí Campech

¿Alguna vez les ha pasado que de tanto buscar ese tema del que quieren hablar nomás no lo encuentran? Resulta que al aceptar la invitación de El Viejerío (la cual confieso me emocionó de sobremanera) miles de ideas me vinieron a la cabeza; revisé notas, me asomé a los libros que por falta de tiempo no pude expresar la inspiración que me habían causado, hubo un viaje, se cruzaron nuevos libros, historias y sobre todo noticias de nuestro día a día que, lejos de ayudarme, me afligieron más y al final, quería escribir de todo. Estuve barajeando posibilidades cuando un día, al darme un regaderazo, vino a mi mente la imagen de mi abuela y su maravillosa historia. Recordé el día en que la platiqué en la redacción con un amigo entrañable y me dijo: ¿por qué no escribes al respecto?, entonces, todo comenzó a fluir.

Doña Elia Cruz Loyola nació en el pueblo de San Marcos Arteaga, Oaxaca. Fue la hija intermedia de un matrimonio que se vio truncado por una pelea de tierras. Su padre y hermano mayor fueron matados a machetazos. Por alguna razón, ella cree que, al ser la prietita de su familia, su mamá “la terrible Paulinita”, no la quería. Su madre decidió venderla cuando apenas cursaba el primer año de primaria, así como lo leen, no tenía ni diez años cuando se la llevaron a Orizaba, Veracruz, lugar en el que, cuenta la abuela, trabajó tanto como su pequeño cuerpo se lo permitió, con la firme idea de pagarle a sus patrones el dinero que le dieron a su madre. Una vez que logró reunir la cantidad acordada, habló con aquellas personas, quienes, sorpresivamente, accedieron a darle su independencia, así que pudo regresar a su pueblo. Una vez ahí, fue recibida por un nuevo infortunio, en lugar de ser acogida por un abrazo, Paulinita le volvió a mostrar su falta de afecto y le buscó marido. El elegido fue Fidel Guzmán, un hombre tranquilo que tenía su casa y la quería bien; salió de blanco, aunque quizá, muy en el fondo, hubiera querido ser robada por el muchacho que le gustaba, sin embargo, accedió sin queja alguna al destino que, una vez más, le habían trazado.

Ya casada, su vida en pareja fue breve, con la idea de que no le faltará nada, Don Fidel se aventuró y se volvió bracero. Fueron idas y vueltas por años, trayectos que por cada visita dieron origen a los tíos y a mi mamá. Ausencias que él trataba de saldar con regalos que nadie más tenía en esa pequeña locación: La abuela Elia fue la primera que tuvo un árbol de navidad con luces de colores, también traía a sus hijos todos emperifollados y, a pesar de los malos modos, siempre procuró a Paulinita.

Calcula que habían pasado unos diez años cuando un accidente del abuelo dio un giro en la vida de la familia; en uno de sus viajes al otro lado, se cayó del tren y su delicado estado de salud no le permitió seguir viajando. Todo cambió ante ese panorama, animada por su querido hermano Efraín —quien tiempo atrás había emigrado a la Ciudad de México, lugar en dónde tenía una buena vida por sus negocios, — decidió, de la mano del abuelo y de sus hijos, dejar San Marcos y emigrar a Ciudad Nezahualcóyotl. Ella recuerda que era un despoblado en el que cada quien compraba el cable que les llevaría la luz a su casa. Ahí se hicieron de algunos terrenos y abrieron una lonja mercantil, al poco tiempo, el abuelo empeoró y casi siempre estaba en cama. Dice mi mamá que lo recuerda como un padre amoroso: a diferencia de los hombres de la época, era capaz de quitarse la comida de la boca para que sus hijos y su esposa comieran mejor. Su muerte fue en la bodega del negocio, ahí lo tenía la abuela, con la idea de que estuviera más a mano por si ocupaba algo, así podía alimentarlo y escuchar su respiración.

La abuela quedó viuda con dos adolescentes en secundaria, otros dos en primaria y uno más pequeño. Al platicar sobre aquel suceso los tíos, la familia, mi madre y la abuela, tienen, cada uno, su propia visión de cómo sobrellevaron la ausencia definitiva del padre y el marido. Lo cierto es que para doña Elia hubo un cambio radical, sí bien desde años atrás estaba al frente del negocio, había vivido sola en San Marcos y era la que disponía el gasto para los alimentos, pero, en realidad, siempre había dependido del abuelo, él era el que compraba todo lo que necesitaba y más, por ejemplo, nunca había ido sola a comprarse ropa. Fue una sensación de extraña libertad y esto a pesar de que sus días transcurrían detrás del mostrador desde temprana hora, hasta caída la noche.

Pasaron los años y los hijos entraron a la preparatoria, la universidad, la escuela de comercio (en el caso de mi mamá), fue una época con ecos frescos del 71. Unos años que en la periferia donde se encontraba doña Elia, apenas y llegaban noticias por la radio, o por los estudiantes que los tíos llevaban a pernoctar. El más asiduo era un estudiante cubano, algunos otros de distintos estados, incluso algunos exiliados pasaron por su casa. Me encanta cuando nos cuenta con lujo de detalles como alrededor de las 23:00 horas, después de que cerraba el negocio, subía a preparar la cena y en charolas metálicas, de esas de refresco, pasaban torres de tortas, carne asada para tacos, una olla gorda de frijoles calientes, que tras soltar el hervor, invadían con el aroma del epazote el largo comedor en el que todos se sentaban a charlar de su día en la escuela, en la calle o las noticias que les habían llegado de casa. Eran celebrados intercambios de anécdotas y de libros. De aquellas noches, la abuela con apenas un año de estudio se convirtió en una voraz lectora, lo mismo leyó El Capital de Carlos Marx, La madre de Máximo Gorki, La ciudad y los perros de Vargas Llosa, libros de historia de México, novelas rosas, entre otros textos que circulaban por su casa.

En el 77 nací yo, la primera hija, sobrina y nieta. Cuando no me recibían en la guardería, mi refugio era con la abuela. La abuelita que sólo se sabía dos cuentos porque como fue niña de casa por poco tiempo, no tuvo mayor referencia. Recuerdo vagamente que todavía me tocaron algunas de esas cenas maravillosas; yo era, como reza la canción de Caperucita, una niña muy feliz. Hubo un momento en la vida de doña Elia que animada por sus comadritas, comenzó a aventurarse a viajar; primero pequeñas excursiones, después viajes más largos y tras la decisión de dos de sus hijos de mudarse a Estados Unidos, comenzó a viajar al otro lado, como décadas atrás lo había hecho el abuelo. Andanzas que se volvieron cada vez más constantes, situación que la llevó a dejar la tienda y, sin planearlo, comenzó a llevar para el otro lado, mole, tortillas, tasajo, cecina enchilada y todos aquellos manjares que los tíos, otros familiares y amigos echaban de menos. Se volvió una experta envolviendo todo, viajaba con una maleta tremenda y regresaba con otra igual llena de fayuca. Ése fue su nuevo negocio. También fue nuestra proveedora de disfraces y regalos fantásticos. Cuando terminé la primaria, me llevó junto con una de mis hermanas a Disneylandia, era otra niña como nosotras en el parque de diversiones.

Después de la devaluación del 94 hubo situaciones cruentas para la familia. Sin embargo, La abuela fue una vez más el brazo fuerte para todos, una presencia que, como suele pasar con los años, ya no tomábamos tanto en cuenta, y a veces dejábamos de lado, simplemente por las ocupaciones que nos atarantaban y nos hacían perder el horizonte. Ante esas atribulaciones, doña Elia manifestó la experiencia que la vida le había dado; ahora con 86 años, siguió yendo y viniendo entre México y Estados Unidos, tratando de ser un cimiento para toda su familia y tal como ha sido y seguirá siendo una inspiración para nosotras las mujeres de la familia. Una muestra clara de que no hay imposibles, de que por más desolador que se presente el panorama, nosotras mismas tenemos la capacidad de darle la vuelta e incluso llegar más allá de donde parecía que teníamos marcado el destino.

Al final, espero que, con algunas licencias sobre aquello que años atrás nos contaba la abuela, sirva este texto (a manera de homenaje) para no sólo agradecer por tanto, sino también, contagiarte a ti, que llegaste hasta estas líneas, de toda esa inspiración y energía que nos brinda la abuela.

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